Los pecadores y los penitentes

Por José Elías Romero Apis

Con mucha frecuencia escucho a los ministros de mi religión y a los gobernantes de mi nación referirse a la criminalidad y a la inseguridad en las que estamos viviendo. Aquellos la mencionan invocando un ruego y éstos la aluden proclamando una promesa. Pero, hasta el día de hoy, ni su plegaria nos ha socorrido ni su discurso nos ha protegido.

Por lo pronto, las alternativas son inaceptables. Matar a todos los criminales, es muy difícil. Protegernos los buenos dentro de una prisión y dejar a los malos afuera en las calles es muy incómodo. Abrazar una actitud franciscana con el hermano-asesino y con el hermano-violador, es muy poético.

En la política, como en todo, existe la buena suerte y, también, existen los milagros. El político de verdad tiene que saber distinguir cuando requiere de la buena suerte y cuando requiere de un milagro. Francisco Madero necesitaba de buena suerte para tirar a Porfirio Díaz. Zúñiga y Miranda necesitaba de un milagro. Roosevelt necesitaba de buena suerte para ganar la guerra. Hitler necesitaba de un milagro.

Una vieja fábula cuenta que un creyente le rezaba a su dios para que lo socorriera con el premio de lotería. Su altísimo lo escuchó y quiso complacerlo, pero antes le preguntó si ya había comprado su boleto y el pedigüeño le confesó que no.

Por eso, el político debe comprar-el-boleto para, con algo de suerte, vencer a la pobreza, a la delincuencia, al desempleo, a la injusticia y a la desesperanza. Pero no puede esperar los milagros necesarios para, sin hacer nada, remitir la corrupción, la ingobernabilidad o el desprestigio. Nunca vamos a recuperar Texas ni California. Pero sí podríamos recuperar Zacatecas, Veracruz, Guanajuato y Acapulco.

Es más importante lo que podemos ganar con nuestro boleto y algo de buena suerte, que lo que podríamos esperar de los milagros sin comprar boleto. Pero, cualesquiera que sean nuestras creencias, siempre respetar a los santos y siempre respetar al pueblo, aunque aquellos nos siempre cumplan los milagros y aunque éste no siempre aplauda los discursos.

Cierta ocasión, un presidente mexicano preguntó a su ministro del ramo qué haría la gente mientras se resolviera su problema. El ministro le contestó “pues que se chinguen mientras dios habla por ellos”. El presidente tan sólo remató con “pues yo creo que, mientras dios habla, el que se chinga es usted”. Y lo cesó en ese instante. Lo lanzó de su cargo y lo largó de su presencia.

El insolente ministro estaba guaseando ante un presidente sobre el dolor de su pueblo. “No me faltó el respeto a mí como presidente, sino que le faltó el respeto a mi pueblo, lo que es peor”. Muy en lo personal, yo también creo que todo verdadero presidente ama a su pueblo o no es presidente verdadero.

Eso es porque la religión y la política tienen un imperativo de fe. El hombre de religión debe creer en su dios o, de lo contrario, es un farsante. El hombre de Estado debe creer en su pueblo o, de lo contrario, es un charlatán.

Por eso, el gobernante puede amar a su partido, a sus seguidores, a su ideología, a su equipo, a su trabajo, a su proyecto o a su imagen. Pero, todo eso junto de nada sirve si no ama a su pueblo. Si no lo considera como supremo y hasta como sagrado. Si le falta ese amor, de nada sirve que sea inteligente ni honesto ni responsable ni eficiente ni atrayente. Sin aquello, tan sólo será un burócrata. Quizá un magnífico burócrata, pero no un político.

En fin, frente a nuestro asunto de la criminalidad, nos dividimos en tres grandes bandos. Los bandidos son los pecadores y los gobernantes son los penitentes. En medio estamos los inocentes que no tenemos ni la maldad de unos ni la autoridad de otros. Es decir, que no tenemos el poder y, por eso, tan sólo somos los impotentes. Los que tan sólo estamos para confiar en la plegaria y para creer en el discurso. O, para hacerles suponer que les creemos todo y que les confiamos mucho.

Comparte la noticia en:

fidencio camilo rendon quezada

Read Previous

Bitácora del director

Read Next

Nudo gordiano