Razones

Por Jorge Fernández Menéndez

La mexicanización de Banamex

El lunes 16 de julio de 2001, la dirección del grupo Banamex-Accival recibió una llamada de Washington, desde las oficinas de la Reserva Federal, donde simplemente les informaron que la operación para la compra del grupo financiero Banamex-Accival por parte del consorcio financiero estadunidense Citigroup, había sido autorizada por la Junta de la Reserva Federal sin restricción alguna. A partir de allí el proceso iniciado semanas antes, el 16 de mayo de ese año, para que Citigroup se hiciera de la propiedad del Banco Nacional de México, ya no tuvo traba alguna.

Han pasado 20 años y dos décadas después Citi anunció que venderá todo lo relacionado con el sector minorista, con todos activos de la banca de consumo, banca empresarial, afore, aseguradora, sucursales y edificios, varios de ellos considerados patrimonio nacional, incluyendo todo el patrimonio cultural, enorme, que atesora el Banco Nacional de México, fundado en 1884 y que ya había superado el golpe brutal que fue la expropiación bancaria de 1982, años después la venta al grupo Accival, que encabezan Roberto Hernández y Alfredo Harp y más tarde la venta a Citigroup.

Ayer, el presidente López Obrador alentó a los empresarios Ricardo Salinas Pliego, Carlos Hank González y Carlos Slim Helú, a que busquen quedarse con el banco para “mexicanizarlo” y regresarlo a manos “de inversionistas nacionales”. Son los tres que tienen mayores posibilidades de quedarse con el banco, por lo menos por los recursos con los que cuentan y porque los tres ya participan en el terreno financiero en forma importante.

Las otras opciones de las que se ha hablado, la española Santander y la brasileña Itaú, por supuesto que tienen posibilidades y recursos como para quedarse con Banamex, pero se ve difícil que desde Palacio Nacional (que no intervendrá en la venta, pero que tendrá una seria influencia en ella, como lo vimos ayer con la declaración presidencial) le den luz verde a grupos españoles o brasileños para quedarse nada más y nada menos que con el Banco Nacional de México. Si ello ya fue un tema en 2001 cuando se dio la venta a Citigroup, ahora con un gobierno con un perfil muy diferente al de Ernesto Zedillo, en otra coyuntura internacional y con una administración que mantiene diferencias importantes con los regímenes de España, por el absurdo tema de la conquista hace 500 años, pese a la cercanía ideológica con el gobierno de Pedro Sánchez, y de Brasil, siempre en una suerte de lucha geopolítica y con enormes diferencias con Jair Bolsonaro, eso se antoja muy difícil.

¿Implica la venta de Citibanamex una ruptura de ese grupo con el gobierno de López Obrador? Todo indicaría que no. Desde México y Nueva York se ha dejado en claro que es parte de una proceso de desincorporaciones del poderoso grupo financiero en todo el mundo. Eso no implica que no existan diferencias importantes. Y no son nuevas, ya en la campaña de 2006 el entonces candidato López Obrador se cansó de hablar de Banamex, a los que llamó “empanizados”, dijo que buscaban “entramparlo”, que eran “traficantes de influencias”, “saqueadores” . La relación, ya con López Obrador en el poder, ha cambiado, ha mejorado, pero nunca ha existido comodidad entre el grupo financiero y el gobierno federal que asumió en diciembre del 2018 ni tampoco de López Obrador con los distintos funcionarios del mismo en los últimos 20 años.

Por supuesto que la venta no se decidirá por razones ideológicas ni por un espíritu nacionalista, pero no creo que haya alguien que quiera invertir miles de millones de dólares (en principio los bienes tangibles están calculados entre 12 mil 500 y 15 mil millones de dólares) para confrontarse con un gobierno federal que tiene algunos años por delante y la posibilidad de repetir por lo menos seis años más. Tampoco creo que lo quiera Citigroup que, como grupo financiero de segundo piso, ha especificado claramente que quiere y seguirá operando en el país.

En 2001 la Reserva Federal de los Estados Unidos fue decisiva para dar luz verde a la venta. Sería interesante saber qué piensan las autoridades financieras de la Unión Americana sobre el tema. Asumámoslo: no lo sabremos públicamente, pero no dude que también enviarán, directa o indirectamente, sus señales, quién sabe si para bien o para mal.

LA BANALIZACIÓN DE LA CIENCIA

Decía el filósofo de la ciencia Mario Bunge, que la misma podría ser banalizada, pero no ignorada. No entiendo la insistencia del gobierno federal y del propio presidente López Obrador en banalizar las posiciones científicas sobre covid-19 y la pandemia.

El secretario de Salud, Jorge Alcocer se equivocó y mucho al decir que para curarse del covid-19 pondría a sus nietos VapoRub. Se equivoca el presidente López Obrador diciendo que, aunque se burlen del secretario de Salud, su mamá sí le ponía ese ungüento. A todos nos deben haber puesto VapoRub de niños (y de adultos) pero eso no cura ni ayuda con el covid-19, en cualquiera de sus variantes. Se equivoca el mandatario cuando dice que rechazó utilizar antivirales para curarse la enfermedad: en realidad no está capacitado para decidir si se debe usar o no antivirales, eso se lo debe dejar a sus médicos. Pero el mensaje que le llega a la gente es que no deben usarlos.

Se equivocó con el detente, no usando mascarillas durante toda la pandemia o subestimando las pruebas (como lo volvió a hacer ahora que se contagió por segunda ocasión). Banalizar, subestimar a la ciencia y a los científicos, no ayuda ni al gobierno ni a la sociedad. Ahonda en una tragedia que no termina de ser asumida como tal.

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