México y OEA

Por José Elías Romero Apis

México ha tenido una relación muy poco cómoda con la OEA. Tiene razón Marcelo Ebrard y otros coincidentes. Habría que cambiar algo o mucho en la organización panamericana. No funciona, nunca ha funcionado y puede ser que nunca funcionará. Pero no hay que salirse de ella porque se requiere, aunque tan sólo sea para la foto.
La OEA nació con un México lastimado. Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos países de nuestra región fueron germanófilos y hasta fascistas. México fue el único aliado latinoamericano que tuvieron los Estados Unidos. Lo fue en lo político, en lo ideológico, en lo económico, en lo industrial, en lo comercial, en lo laboral y hasta en lo militar.
Sin embargo, al término de la Guerra, los latinoamericanos fueron maltratados por los Estados Unidos y quizá se lo merecían. Apostaron equivocado y perdieron. Pero México no se lo merecía porque apostó bien. Sin embargo, fuimos tratados como todos los otros latinos y no como todos los otros aliados. Esa fue nuestra primera injusticia, apenas naciendo la OEA.
El Plan Marshall y los tesoros de la reconstrucción fueron para los enemigos y para los aliados europeos. Pero nada de ello fue para México. Después, la Guerra Fría nos convirtió en un patito-feo, porque no vendimos el alma y porque no entregamos el cuerpo ni a Washington ni a Moscú.
Como siempre, México ha estado solo en el concierto panamericano. Durante décadas ni nos gustó el imperialismo soberbio de los que mandan ni nos gustó la dictadura sumisa de los que obedecen.
Y nosotros tampoco les gustábamos a ellos. Logramos tener un gobierno fuerte y les gustan los gobiernos guangos. Estatizamos el 80% de nuestra economía y eso les parecía socialismo. Surtimos la seguridad social y la educación pública, pero eso lo sentían comunismo. Desmilitarizamos la política y eso les sugería populismo. Nos hicimos independientes y eso los disgustó a todos.
Hemos estado muy solos. Lo estuvimos en la exclusión cubana, a favor de Cuba y en contra de todos. Lo estuvimos en la crisis de los misiles, a favor de los Estados Unidos y en contra de Cuba. Mejor dicho, siempre a favor de México y en contra de nadie.
Nuestros grandes logros en América fueron sin la OEA. Ellos son el TLC-TMEC, el Tratado de Tlatelolco y el Grupo de Contadora. Nuestras grandes victorias que fueron la Independencia, la Reforma y la Revolución las logramos completamente solos. En toda su historia, México no le debe nada a la OEA, no le debe nada a la América del Norte y no le debe nada a la América Latina. Los queremos, pero no les debemos. Si alguien me repela, le ruego que nos muestre la factura de las deudas mexicanas y yo abogaría porque las pagáramos.
Más allá de algunos discursos amables, pero vacíos, no hemos recibido nada que deber ni nada que pagar. Algunos han invertido en México, pero ambos nos hemos beneficiado. Con algunos hemos comerciado, pero ambos hemos ganado. Nuestros trabajadores han desquitado plenamente su jornal. Nuestros estudiantes han pagados sus altísimas colegiaturas. Los que nos han financiado, han cobrado. A los que hemos financiado, los hemos condonado. En los momentos difíciles nos hemos ayudado, pero ha sido recíproco.
Mi nacionalismo es muy intenso y mis palabras pueden ser muy duras. Nunca las diría si fuera un gobernante, pero las puedo decir porque soy un don nadie. Quiero mucho a todos los pueblos de América. Quiero a los del norte y quiero a los del sur. Canto country y bailo tango. De memoria, repito los discursos de Lincoln y los versos de Neruda. Mis comidas extranjeras predilectas son la hamburguesa y el churrasco.
Pero, como mexicano, estoy muy lastimado con mis hermanos de América. Me duele que no nos respeten tanto como nosotros los hemos respetado. Que muchos del norte piensen que somos una parte de Centroamérica y que muchos del sur piensen que somos una parte de los Estados Unidos.
Por ello, siempre recuerdo el buen consejo de Vicki Baum: “Si tienes alteza, perdona. Y, si no la tienes, por lo menos olvida”.

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