Bitácora del director

Por Pascal Beltrán del Río

Jugar con la historia

Aunque hoy son símbolos de la Ciudad de México y del país, la estatua ecuestre de Carlos IV —mejor conocida como El Caballito— y la columna de la Independencia —rematada por su Victoria Alada o “Ángel”— fueron fuente de inmensa polémica a los pocos años de haber sido colocadas.

Recién consumada la Independencia, se propuso que la primera, símbolo del dominio español, fuese fundida para acuñar monedas. La segunda, obra cumbre de los festejos del Centenario en los últimos meses del Porfiriato, se salvó de ser derruida por los revolucionarios.

Sin embargo, hoy ambas siguen ahí, viendo pasar el tiempo, como dice la canción. Nadie con poder, por muy radical que se considere, ha osado meterse con ellas. Y hoy son patrimonio de los mexicanos. Incluso, en 1925, el presidente Plutarco Elías Calles, “jefe máximo” de la Revolución Mexicana, dispuso que el Ángel se convirtiese en mausoleo de los héroes que nos dieron Patria.

Ningún movimiento político triunfante se ha metido con la historia de piedra y bronce como lo ha hecho la autodenominada Cuarta Transformación.

La estatua de Cristóbal Colón sobre Paseo de la Reforma, encargada al escultor francés Charles Cordier en 1864, se había convertido, en 1877, en la primera en ser colocada sobre la vía abierta por el emperador Maximiliano para conectar el Castillo de Chapultepec con el Zócalo.

Y así como Benito Juárez no renegó del trazo del Paseo de la Emperatriz, Porfirio Díaz rescató la estatua de Colón que se había quedado atorada en la aduana de Veracruz.

Díaz concibió su colocación como parte de un homenaje dual: al descubrimiento de América y al México prehispánico. Para esto último se fundió el monumento a Cuauhtémoc —diseñado por Francisco M. Jiménez—, que se inauguró en 1887 y cuyo rostro, según una versión, fue inspirado por el de Ignacio Manuel Altamirano.

Hasta que la jefa de Gobierno capitalina Claudia Sheinbaum mandó retirar la estatua de Colón el año pasado —supuestamente para restaurarla—, nadie la había movido en casi siglo y medio. Durante muchos años funcionó ahí cerca el Café Colón, lugar de encuentro de intelectuales, donde se planeó la fundación de este diario.

Es verdad que distintos monumentos de la capital han sido cambiados de lugar, pero nadie se había atrevido a jugar con la historia como la ha hecho ella.  

Los independentistas habrán movido El Caballito de la Plaza Mayor —hoy Zócalo— a la sede de la Pontificia y Nacional Universidad de México en 1823, pero la obra de Manuel Tolsá siempre ha tenido un lugar destacado en la capital desde que fue develada en 1803.

Es cierto, la Diana Cazadora tuvo que ceder su lugar a la construcción del Circuito Interior y, después de eso, duró 18 años arrumbada a un costado del extinto Cine Chapultepec. Pero desde 1992 está en el muy visible cruce de Paseo de la Reforma y Sevilla.

La pretensión de Sheinbaum —avalada por el presidente Andrés Manuel López Obrador— de cambiar la estatua de Colón por una escultura supuestamente representativa de la mujer indígena no ha sido antecedida de discusión pública alguna. La tomó por sus pistolas. Además, el “prototipo” que se hizo público —una cabeza llamada Tlalli—, parece inspirada en una mujer africana o, en el extremo, en algo que no es de este mundo.

Pero, como se dice, Sheinbaum ha llevado en el pecado la penitencia, pues el pasado fin de semana, un colectivo de artistas mujeres protestó contra el hecho de que el autor de la obra que se quiere poner en la glorieta dedicada al navegante genovés —el escultor Pedro Reyes— es un hombre mestizo y no una mujer indígena.

Jugar con la historia siempre es arriesgado, más aún en estos tiempos de polarización y victimismo. Hasta antes de que Sheinbaum abriera este debate, la estatua de

Colón sólo era motivo de conflicto ocasional. Buena suerte, doña Claudia, con la caja de Pandora que acaba de abrir.

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