“Marcelino murió de tristeza por Ernesto”

La doble pérdida de seres muy queridos le cayó como losa a Rosy Zavala.

Por Rocío de Jesús

Esposo ejemplar y padre amoroso, Marcelino Montelongo González, falleció el 6 de febrero del 2021 víctima de la depresión más que del Covid, y es que apenas 7 meses antes, el 2 de julio del 2020, murió su hijo Ernesto, el más pequeño de los tres que procreó y educó con amor junto a su esposa Rosy Zavala.

Marcelino falleció esperando justicia. Pero desde el accidente de su hijo el 12 de junio hasta el día de su muerte en febrero, ésta no llegó.

En una terrible casualidad, Ernesto murió a los pocos días de haber inaugurado su negocio de venta y reparación de computadoras, y su padre Marcelino cuando acababa de abrir su estudio de defensa personal y artes marciales.

Rosy Zavala compartió con La Prensa de Coahuila parte de lo que ha significado para ella y su hija, quedarse solas, sin los varones del hogar.

Wendy, que es la segunda de los 3 hijos, era sumamente apegada a su padre, donde estaba él, no existía nadie más para ella.

“Ella es la que se me pone muy triste a veces y eso me duele mucho, me da para abajo… a pesar de que es muy inteligente y todo comprende, me ha llegado a decir, ya mami, ya sácalo de ahí”, refiriéndose al lugar donde fue sepultado.

MATRIMONIO ESTABLE, HIJOS FORMADOS EN AMOR

Rosy y Marcelino se casaron y procrearon 3 hijos: Rosa Irene la mayor de actualmente 33 años, Wendy Jaqueline de 26 y Ernesto de 24.

Rosy señala que los tres son inteligentes y generosos pero reconoce que la capacidad y bondad de Ernesto, sobresalían.

“Tenía muchísimo carisma, yo lo sabía, pero no a qué grado, hasta el día de su funeral, mi hijo tenía amistades de todos los niveles, había grupos de esos muchachos que se ven muy estudiosos y serios, muchachos de familia con dinero, hasta grupitos de muchachos de los que traen arete y todos tatuados”.

Rosy menciona que aunque Ernesto era el único hombre, nunca hubo distinción entre los hijos, los tres eran amados por igual.

Pero sin poder contener el llanto, recordó que cuando Ernesto nació, su esposo llegó de fuera de la ciudad sólo para conocer al bebé. Después de dos hijas, el tercer hijo era varón… Marcelino desbordaba  felicidad.

“Cuando nació Ernesto, mi esposo no estaba aquí, por eso al hacerme esa pregunta se me vino el recuerdo, él trabajaba como escolta y viajaba mucho, pero vino el día que nació él y le dije que estaba como el de la película, ya vine vieja, ya me voy vieja”.

Rosy reitera que a sus tres hijos les gustaba mucho el estudio y menciona que en eso “salieron a su padre”.

Otro recuerdo brota en la memoria de Rosy y comenta que Ernesto dominaba el idioma inglés, el cual desde pequeño sin saber practicaba.

“Tenía como dos años y yo noté que iba y se ponía en un mueble y ahí estaba cante y cante en inglés, después supe que era la canción de Titanic. Empecé a poner atención y vi que todos los días hacía lo mismo, se sentaba y todos los días la pasaban a la misma hora la canción y el cantaba y meneaba el piecito, ahora de grande que yo le platicaba, no me creía, me decía, nombre amá tú te pasas, estás inventando, me hubieras grabado”.

Aunque Ernesto se graduó como ingeniero mecánico en el Tecnológico de Monclova, su pasión eran las computadoras, tanto que, además de trabajar en un taller de equipos de cómputo, por su cuenta armaba equipos y los actualizaba para venderlos, ya tenía un buen número de clientes y recién abría su negocio propio.

“JAMÁS PENSÉ QUE MI HIJO ME DEJARÍA PRIMERO”

“A raíz de todo esto cambió mucho mi forma de pensar, pero es que yo siempre les decía que yo me iba a morir y que quería que me incineraran, cuando fallece mijo, mi esposo me pregunta que si lo incinerábamos y le dije que no, que él tenía que estar en su lugar y además él tenía muchas amistades que seguramente lo querían ver”.

MARCELINO, EJEMPLO DE POTECCION Y AMOR

Marcelino, era abogado de profesión y recientemente especializado en peritaje, pero también amaba la defensa personal como deporte y por eso se dedicó a ser escolta.

Su idea era seguir trabajando duro, tener su propio estudio de entrenamiento y al retirarse, dedicarse a entrenar a otros en su propio negocio.

Se distinguió por ser un hombre fuerte, trabajador, protector, proveedor pero también amoroso y la vida le dio un revés con la muerte de su único hijo varón.

Aunque aparentemente Marcelino era el mismo hombre recio, por dentro el dolor lo consumía.

SE ENCERRABA A LLORAR EN EL CARRO

“A todos nos pudo la muerte de mijo, pero nunca me imaginé cómo lo afectaría a él, una vez en el hospital, no me acuerdo  quien me dijo –allá está tu esposo en el carro llorando- desde ahí yo empecé a ver la magnitud de su dolor”.

Me pudo mucho –comenta Rosy- y de nuevo fluyen las lágrimas de manera incontenible al recordar uno de tantos tristes episodios que compartieron ella y su esposo, tras el accidente de su hijo.

“Cuando estaba conmigo estaba bien, pero cuando me dicen eso voy a verlo y estaba solo en el carro llorando, encerrado, con el calor que hace ahorita porque fue en junio y con los vidrios cerrados y no tenía ni el clima prendido y le digo ¿por qué te vienes? quédate conmigo… Cuando estábamos en el panteón, también lloró bastante”.

“Después, cuando hacía trabajos de peritaje, trabajaba en una pantalla de televisión que Ernesto adaptó como computadora, pero cada vez que la prendía estaba una foto de mijo de fondo  y una vez si lo escuché que dijo -¡ay no!- Y le digo ¿qué? Volteé vi la foto y dijo -ya no aguanto- le digo ¿por qué? Es que entro y ahí está mijo  y le dije, quítala, si no te sientes bien,   quítala”.

Rosy comenta que cuando ella se dio cuenta que su esposo tomó la exigencia de justicia como una salida al dolor  por la muerte, ella llegó a comentarle que ya dejara las cosas así, porque temía por su salud.

“Si no es necesario ya déjalo así, porque ya sabemos cómo es la justicia y no quiero que te vayas a enfermar, pero él me dijo que no, que estaría bien y que saldríamos adelante”.

TUVO FUERZA PARA ABRIR ACADEMIA

Al percatarse la gente cercana al matrimonio, Montelongo Zavala, que Marcelino seguía muy afectado por la muerte de su hijo, lo animan a abrir su academia.

Era un proyecto ya pensado, planeado, de hecho, entre él y Ernesto diseñaron todo lo que pondrían afuera, ya habían hablado de eso y poco a poco lo preparaban, pero por la pandemia no podía arrancarse, luego pasó lo de mijo y quedó en espera.

Para finales de año se anima a abrirlo, aunque no tenía muchas ganas, el creía que eso le ayudaría a distraerse porque eso le decían sus amigos.

Tenía apenas como dos meses de haberlo abierto, tenía 4 niños y un muchacho, cuando se enfermó, pero a él lo que lo afectó más, fue la depresión.

ADEMÁS DE NEUMONÍA, LE ADVIRTIERON DEPRESIÓN

Para el 28 de enero ya estaba enfermo, pero lo tenía en la casa, iba un doctor a consultarlo y el doctor le dijo, “usted tiene pura depresión, si no le echa ganas se muere”.

“Otro amigo fue a la casa a visitarlo y le comentó de otro de ellos estaba peor que el, que tenía mucho daño en sus pulmones y había salido adelante, mi esposo no estaba tan mal”.

“Y yo siempre pensando positivo, fíjese que me sorprendo de la ayuda de la gente, hubo una persona que nos hizo una videollamada del seguro y mi esposo me dijo “ven por mí, sácame porque ya me voy a morir” ahora me pongo a analizar y uno no sabe qué va pasar, yo siempre positiva, creí que él se recuperaría y hasta le dije, te estoy preparando el cuarto, mientras échale ganas y me dijo no, no, vente ya inmediatamente, todavía pasaron días antes de que muriera”

“Por eso hoy digo, que la persona que provocó lo de mi hijo, pagará el doble si no es que el triple, la gente me juzgará porque yo digo esto, pero, se llevó a dos personas muy nobles, muy buenas y no lo digo yo solamente sino sus amistades que son muchas”.

WENDY PIERDE A SU PADRE, SU TODO

Rosa Irene la hija mayor, casada, actualmente vive en España y desde la muerte de su hermano, dijo que su vida ya no era igual, que sentía un gran vacío, sin embargo, ella ya está formando su propia familia. En Monclova, aún estaban Marcelino, Rosy y Wendy.

Wendy de 26 años, es una joven que nació con síndrome de Down y para Marcelino, esta niña era su adoración.

“Lo que a veces me da muy para abajo, es ver a Wendy que se deprime de repente, es que su papá siempre andaba con ella, la apapachaba, jugaba, siempre andaban juntos, ella a mí ni me tomaba en cuenta, y ahora por ella tomo ánimos y también por ella me deprimo, cuando la veo triste. ¿Qué cosa no haría yo por ella?”

Ella agarra el celular y se pone a ver su foto y nada más dice mi papá, mi papá, hace unos días me dijo ya sácalo, ya tráetelo y un día me dijo, yo estoy mal, no estoy bien y me dice mi hija mayor que la tengo que llevar a un sicólogo”.

“SE FUE MI PRINCIPAL APOYO”

Rosy extraña esos domingos de familia cuando se reunían a comer, salían a los centros comerciales juntos o se iban a pasar la tarde a un terreno que estaban acondicionando.

“Ahora no tengo ni ganas de cocinar, yo creo que apenas me empieza a dar hambre, antes no, comía porque sabía que tenía que comer, pero no sentía hambre, ahora no quiero ni guisar porque se me hace que no tengo ni sazón, por eso mejor compro para mí y para mi hija, nos salimos”.

Relata que al principio fue muy duro quedarse en casa ya no con una ausencia sino con dos, y duró pocos días durmiendo en otra cama, pero tomó la determinación de regresar a su cama, el lecho que compartió con su marido y donde lo vio enfermo los últimos días antes de llevarlo al hospital.

“Se siente bien feo, al principio cuando no estaba Ernesto, tenía a mi esposo para yo sentirme cobijada, protegida, acompañada, pero ahora ya estoy sola”.

“Los primeros días fueron terribles, solo duré una semana sin dormir en mi cama y regresé, la primera semana yo lloraba mucho, me dormía llorando, me despertaba llorando, le daba de comer a mija y me volvía a acostar llorando. Cada día es un poco menos, pero ya pasaron 4 meses de mi esposo y casi un año de mi hijo”.

“Extraño su presencia, -dice de nuevo entre lágrimas- no estaba en mis planes separarnos, así no, yo decía que era primero yo, nunca, nunca, jamás me imaginé que podían ser ellos”.

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