Número cero

Por José Buendía Hegewisch

Campañas de la desilusión

Las campañas de la oposición no alcanzan a descifrar la popularidad de López Obrador y la ventaja de Morena en las elecciones más grandes de la historia en el país. Sus estrategias y oferta de candidatos reflejan que no ha podido desligarse de la imagen de corrupción y privilegios, a pesar del castigo de 2018 a los partidos tradicionales y del desgaste del primer trienio de gobierno. Las mismas élites se reciclan en un viaje circular cada vez más enquistado en las cúpulas partidistas, algo que Morena comienza a repetir con el uso extensivo de la reelección con los liderazgos designados para acuerpar al Presidente.
A pesar de querer verse como examen de la mitad del mandato, las elecciones del 6 de junio llevan la marca de agua de la desilusión que hace del escándalo y la descalificación la estrategia para atraer votos rápido y fácil. El gobierno y su partido piden el voto para retener el Congreso y evitar que el regreso de los conservadores descarrile el proyecto de la 4T, mientras la oposición llama a las urnas como última convocatoria para “salvar” al país del desastre. Comparten la idea de que el conflicto es atención y, por tanto, imprescindible para lograr influencia en un electorado ávido de frases de las que pende que el país no caiga en un hoyo negro.
El recurso discursivo de la confrontación ha dado altos réditos, sobre todo al Presidente, que supo leer el hartazgo de las urnas en 2018 y la desconfianza por la corrupción endémica en los gobiernos de la alternancia. Lo que lo ha llevado a hacer de la polarización una política de diferenciación y legitimación de su proyecto, aunque los resultados en seguridad, economía o manejo de la pandemia sean pobres. La aprobación presidencial, en que descansa la expectativa electoral de Morena, se trata de explicar por un “efecto teflón” refractario a la mala gestión, sin que la oposición se atreva a ver que la película que protege su imagen es que la mayoría lo percibe mejor que los de antes, a pesar de las fallas. Hay muchas explicaciones para esta contradicción, pero las mismas encuestas revelan una valoración diferenciada entre el gobierno y su liderazgo.
Lejos de encontrar las claves de su respaldo, las dirigencias del PAN, PRI y PRD optan por reforzar su control y reciclar liderazgos grises que se asocian más a la omisión y al abandono de la ciudadanía de los últimos gobiernos que a su discurso de “salvadores de la patria”. La alianza parcial de los partidos mayoritarios sin más bandera que evitar el “regreso autoritario” no se tradujo en renovación de viejas caras panistas, como las de Santiago Creel y Margarita Zavala o la “privatización” de candidaturas en el equipo del priista Alejandro Moreno y su equipo cercano. Y la de los nuevos partidos, que apuestan por estrategias de escándalo publicitario, como la candidatura de un obispo como Onésimo Cepeda, ligado a los privilegios del poder, o actores que hacen de las campañas un show de la corrupción, como Alfredo Adame, para ilustrar el discurso presidencial.
Hacia las urnas, el Presidente radicaliza su discurso y envía a sus huestes la señal de dividir el país entre el apoyo al cambio y la resistencia. La veda electoral le impide intervenir en la campaña, pero, como anticipan, con los artilugios del lenguaje seguirá linchando a todos los que juzgue adversarios u obstáculos al objetivo de ganar el Congreso. Desde la mañanera seguirá orientando la confrontación política contra el INE, los medios y todos a los que pueda endosar el calificativo de conservadores, incluidos los que disputarán el voto a Morena en las urnas, aunque no los nombre.
La campaña arranca con Morena a la cabeza, con la posibilidad de revalidar como partido mayoritario en el Congreso, aunque con menor votación que en 2018 y sin mayoría absoluta. La perspectiva es que el resultado del 6 de junio deje un poco más empantanado el escenario político y más elevados niveles de polarización. Ello expone la profunda crisis de la oposición, que no se cierra sólo con unirse, sin otro proyecto que arrebatar el Congreso al Presidente o adoptar sus estrategias para que todo parezca diferente, aunque la alternativa se resuma como el regreso a lo de antes y, con ello, allanase a su descalificación.

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