Las restricciones

Por Samuel Cepeda Tovar

Primero suspendieron actividades en bares, discotecas, escuelas, plazas y espacios públicos, prohibieron absolutamente la venta de cerveza para evitar la propagación masiva del coronavirus, todas estas medidas serían un obstáculo directo a las reuniones que sin duda eran el caldo de cultivo perfecto para que el virus se expandiera de manera exponencial; pero la economía no podía resistir tanto, porque simplemente las personas tienen que salir a obtener el sustento diario, y más si tomamos en cuenta que el 56.2% de los trabajadores mexicanos laboran en la informalidad, es decir, ya redondeando, 6 de cada 10 trabajadores no cuentan con un salario fijo de manera quincenal y están sujetos a su esfuerzo y actividad física para salir adelante.
Sin embargo, de nada sirvieron las medidas, pues a menos de un año del primer brote de COVID 19 en México, hoy en día suman 144 mil 371 muertes por este pernicioso virus y un millón 688 mil contagios y la cifra parece no encontrar su pico máximo para iniciar el declive a pesar de que la vacuna ya existe y a iniciado su aplicación.
Hoy, las autoridades regionales han dispuesto una segunda serie de restricciones que limitan el horario de venta de alcohol, gimnasios, centros comerciales, restaurantes, etc., como si la experiencia pasada no nos hubiera dejado claro que las restricciones no sirven para nada, pues hace casi un año, como hoy, las personas siguen siendo las responsables directas de la expansión inexpugnable de esta pandemia; las personas siguen frecuentado a sus familiares, celebrando cumple años, visitando amigos, efectuando reuniones tradicionales como si el virus fuese un mito, como si fuesen incólumes o presentaran alguna característica de inmunidad que los exentara del mal, y no han hecho más que incrementar las tragedias por la actitud poco responsable de sus actos.
Es cierto, se tiene que salir a la calle, a trabajar, a ejercitarse, a comprar suministros básicos, pero muchos no toman las medidas apropiadas al realizar estos actos: se ejercitan en manada -lamento el uso del concepto-, van comprando por todas las tiendas sin la idea de la sanitización, pues las gotitas con las que nos rocían en los centros comerciales son una burla, les indican que no superen los 10 miembros en cada reunión, y en la fotografías de las fiestas decembrinas pulularon las reuniones con 20 o más individuos.
Soy un convencido de que podemos intentar llevar una vida normal dentro de la anormalidad, soy un convencido de que podemos asistir a un restaurante, al gimnasio, pero respetando las medidas básicas que muchos han decidido no respetar, que muchos ven como un estorbo más que como un acicate para enfrentar el virus y la prevención para el cuidado de nuestra salud. Lamentablemente, titulares como el de El Financiero que puntualiza que “Los contagios en México aumentan, pero las bodas no paran”, nos dejan ver que el problema no son las restricciones, sino la falta de respeto al Estado de Derecho, el respeto al prójimo, el respeto a las autoridades, esa peyorativa cultura de la rebeldía, del desacato, del “valemadrismo”, del “no pasa nada”, y ese déficit cultural es el que hoy nos tiene azorados, lamentándonos del actual contexto, intentando buscar culpables y tomando medidas restrictivas que de nada sirven cuando el gran problema es la cultura del mexicano que aunque le dejen de vender alcohol a las 8, se las arreglará para conseguirla más temprano y continuar con sus planes de juerga los fines de semana. Insisto, el cambio es generacional, pero la mayoría parece no querer iniciarlo.
enfoqueanalitico.blogspot.com

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