La vida silvestre en la pandemia

Qué bonito vuelan.  A mí me encanta verlas volar…

¿Te gustaría ser pájaro Luis?

Sí, ¿a ti no?

Sí…

Es que vuelas y llegas muy rápido a todos lados, y sin gastar gasolina ni hacer contaminación…

Me dijo Luis una de esas mañanas que salimos de cacería con sus pájaras.

Luis Carlos Sánchez Guevara es un cetrero, o sea, alguien que practica el arte de cazar con aves rapaces.

En el caso de Luis, no es cazar para sí mismo, sino para sus aves, para alimentar a sus pájaras.

Él se ha encargado de entrenar a sus pájaras, desde crías, para que ellas cacen, consigan sus presas, su comida.

Apenas empezaba todo este desbarajuste del coronavirus y el mundo se iba en picada como las pájaras de Luis sobre sus presas.

Mientras escribía esto pensé que… sí, que me hubiera gustado ser pájaro para volar lejos, como la Frida y la Niki, las aguilillas Harris de Luis, y no contagiarme ni contagiar a nadie del virus.

Qué esperanzas.

Estuve aguardando pacientemente, semanas, créame, para contar esta aventura, esta correría, en un momento mejor.

Porque, ¿sabe?, creí ingenuamente que el virus se iría de vacaciones de Semana Mayor, que iría de asueto, de picnic, de fiesta, que daría tregua, pero nada, no.

Y tenía para mis lectores esta historia de pájaros, liebres y conejos.

Aquel domingo, el último domingo que fui con Luis de cacería, Chuy, su hijo de ocho años, amante de las aves y la naturaleza, como su padre, estaba feliz, entusiasmado.

Un sábado anterior, el Gobierno había anunciado la suspensión de clases en las escuelas, como primera medida para evitar la conglomeración de gente y con ello proteger a niños y a jóvenes estudiantes del contagio.

Así que Chuy andaba contento.

Pero además era el último domingo de la temporada de caza, que va de finales de octubre a finales de marzo.

TODO EN UNA ETAPA ESPECIAL

La época en que florece la primavera y comienzan a desplumar las aves, o sea a mudar de plumas, y las liebres y los conejos a reproducirse, como liebres y conejos.

Era domingo.

Ah porque es en domingo, y a veces entre semana, que Luis y sus amigos, “Los Lobos del Aire”, que así se pusieron porque las rapaces con las que cazan ellos, cazan en grupo, como los lobos, salen al monte con sus pájaros.

Hacía una mañana más bien fresca, anubarrada.

Luis, su hijo Chuy, Alejando, Omar, el Abbas, “Los Lobos de Aire”, se internaron en el llano, un predio cargado de maleza desértica, situado por el rumbo de la antigua carretera que conduce a la Narro.

Éste, dijo Luis, es uno de los pocos cotos de caza que aún quedan para los cetreros, debido a la devastación que ha provocado el desarrollo y expansión de la mancha urbana; y la invasión de los hábitats naturales, por el hombre.

Así tenemos el mundo.

Nuestra casa.

Luego nos quejamos del mundo.

UNA AFICIÓN DE AÑOS

Tiempo hace que Luis y los “Lobos del Aire” iban de caza con sus rapaces allá por los campos del bulevar Colosio, el aeropuerto de Ramos Arizpe o Sendero Sur, cuando todavía no había Sendero Sur.

Pero, otra vez, la mano del hombre, que todo lo ahuyenta, desterró de allí a las liebres y a los conejos.

Una hecatombe conejil.    

Como el coronavirus, que está acabando con cientos de miles de vidas en el planeta.

Aquel domingo los pájaros consiguieron a duras penas cazar una liebre.

No por nada dicen que al mejor cazador se le va la liebre.

Uno de esos días que charlamos en su casa de la colonia Centenario, Luis me confiaría que de 10 presas que persiguen los rapaces en vida silvestre, solamente logran cazar una.

Pero el gozo de verlos elevarse en la bóveda celeste, batir las alas al viento, volar, lanzarse, desplomarse, lo compensaba todo.

A mí, como a Luis, me gusta ver volar los pájaros.

Juro que me hubiera gustado mucho platicarle de este lance en un mejor momento, pero qué importa si al fin y al cabo es época de vacaciones, en plena contingencia, pero vacaciones.

Ahora sí.

“A mí esto de la cetrería me llena mucho, me distrae, me desestresa, ¿a poco no te sientes más relajado?”.

Me dijo Luis una de aquellas auroras que salimos de safari, con sus Harris.

Y yo agregaría que ver los videos y las fotos captadas durante aquellos días felices, afortunados, me hizo olvidarme, mientras escribía, del coronavirus, aunque fuera un poco, aunque fuera por algunas horas.

SE EXTIENDE MANCHA URBANA Y MENGUAN ESPACIOS DE CACERÍA

No sabe cuánto daría porque todos nos distrajéramos, que nos fugáramos de esta realidad.

La primera vez que fui con Luis en su camioneta, me contaba que desde chicos él y su hermano Andrés, solían escaparse al monte sin permiso para contemplar la naturaleza y conocer animales.

Ya atrapaban alguna rana, ya un sapo, una víbora y la soltaban.

Entonces el límite de Saltillo al oriente era el Mercado de Abastos y no había más nada.

Nada.

Puro monte.

Otra vez la mano del hombre, que es peor que el coronavirus, devastándolo todo.

Nos amontamos en una especie de baldío pletórico de yerba, el baldío que separa a las colonias Mirasierra y Loma Linda, con sus viviendas infames estilo Infonavit y sus ruidosas y chillantes calzadas comerciales.

Cemento puro.

Otra proeza del hombre.  

Al rato la Niki y la Frida andaban volando, las alas abiertas, por el monte.

Luis y yo tras ellas, entre los matorrales también a la caza de alguna liebre despistada.

Atravesamos a pie el yermo y un arroyo más o menos profundo.

¡Cuánta basura!.  

Aves. Nico, Yuma, Niki, Shury son las aguilillas Harris de Luis Carlos Sánchez. HÉCTOR GARCÍA

Decir que es la falta de cultura o conciencia de la gente sería un cliché, un lugar común, pero ya lo dije.

A nuestro paso el esqueleto de un animal.

Quién sabe qué animal.

Era una mañana templada.

El sol lagañoso sacando la cabeza de entre esa gran cobija revuelta que se llama Zapalinamé.

La Niki y la Frida en la punta de los árboles, atisbando, con sus ojos de águila, por el llano.

Por fin las vimos despegar, planear y clavarse sobre algo.

Vavavva.

El grito de alerta que usan “Los Lobos del Aire” cuando han pillado a un conejo, a una liebre, que sale disparada, a toda carrera, entre la maleza, por el campo.

“Un conejo”.

Dijo Luis, corrió y lo arrancó de las garras de sus pájaras que ya tenían para comer al menos los siguientes dos o tres días.

La Niki y la Frida.

Las pájaras de Luis.

Otro día, Luis me platicó la historia de cómo esas pájaras aterrizaron en sus manos.

Alguien que sabía de Luis, le llamó para decirle que en una ranchería, muy cerca de Saltillo, unos hombres habían bajado a dos aguilillas de Harris de sus nidos, las tenían enjauladas y pretendían dormirlas para disecarlas.

Convertirlas en piezas de museo.

Una vez más el hombre y el hombre.

Luis fue donde aquel rancho y arrancó a las pájaras de las garras de su depredador, les salvó la vida

Y aquí están. 

Vivas.

Graznando.

Tras de su presa.

Otros pájaros no corren la misma suerte que Frida y que la Niki.

LOS RIESGOS DE LA URBANIZACIÓN

El 50 por ciento de las rapaces que abandona el nido, durante el primer año de vida, mueren electrocutadas.

Me ilustró Luis.

De nuevo el hombre.

Un domingo más, despuesito de que en México se anunciara el primer caso de COVID- 19, me vi con “Los Lobos del Aire” y sus pájaros Nico, Yuma, Niki, Shury y el Akil, puras Harris, otra vez en terrenos de la Mirasierra-Loma Linda.

Luis, Cristóbal, Daniel y el Abbas, oficiando de guías en aquella expedición.

Me sorprendí de ver cómo los pájaros obedecían a las órdenes de sus dueños, de sus amos y se posaban sobre las cabezas de Chuy, de Rodri, de Uli, de Omar, los niños cetreros del grupo, ellos posando para la fotografía.

Caminamos horas bajo un sol intenso, yo diría que enfermo…

No sé si de COVID.

Hasta que los pájaros cazaron,

Primero un conejo, otro conejo, otro y una liebre.

¿Ya platiqué cuán impresionante es el llanto de las liebres cuando caen en las garras de las águilas?

Como el de un bebé, pero más estridente.

Y le pregunté a Luis que si no se conmovía con aquel llanto.

“Es la cadena alimenticia”, dijo.

Aquí la diferencia es que estos animales matan para comer.

No matan por matar, como el hombre.

Como el virus.

Y yo me quedé pensando en el hombre. En el virus…

EL DATO

La temporada de caza, que va de finales de octubre a finales de marzo.

RIESGOS

El 50 por ciento de las rapaces que abandona el nido durante el primer año de vida, mueren electrocutadas.

UN RECUENTO

La cetrería es la actividad de cazar con aves rapaces entrenadas, especialmente con halcones, azores y otras aves de presa para la captura de especies de volatería (aves) o de tierra.

Fue una práctica muy extendida en la Edad Media, ligada a la nobleza. Decayó por el progreso de las armas de fuego y la mayor vistosidad de las partidas de caza mayor.

El 16 de noviembre de 2010, la Unesco la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. (Con información de Vanguardia)

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