Juegos de poder

Por Leo Zuckermann

El poder de las redes sociales y la censura

Las redes sociales fueron fundamentales para que Trump ganara la Presidencia de Estados Unidos. Hoy, después del asalto al Capitolio por parte de un grupo de sus fanáticos, azuzados por el propio Trump, las redes lo han censurado. Twitter, su plataforma favorita, canceló su cuenta de manera definitiva. En una democracia liberal, ¿se vale este tipo de censuras?
Siempre he estado a favor de la mayor libertad de expresión posible. Es una de las condiciones necesarias para la existencia de una auténtica democracia liberal. En este sentido, me incomoda, y mucho, la censura en cualquiera de sus facetas.
Pero también entiendo que hay condiciones muy peculiares en las que sí hay que limitar la libertad de expresión. Recurro, como siempre, al argumento de Oliver Wendell Holmes Jr. Para el exministro de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos no deben permitirse expresiones que tengan como objetivo producir un crimen, crimen que pueda generar un daño claro e inminente en caso de tener éxito. Holmes ofrecía un ejemplo que se tornó muy popular: no se vale gritar falsamente “fuego” en un teatro lleno de gente ya que esto podría generar pánico y una estampida con resultados lamentables. Posteriormente, en Brandenburg v. Ohio, la Corte estadunidense decidió que no se podía censurar un discurso político enardecedor a menos que su objetivo fuera “incitar o producir una acción ilegal inminente”. Un motín, por ejemplo.
¿Aplican estos criterios para Trump?
El presidente utilizó las redes sociales, en particular Twitter, para esparcir una serie de mentiras sobre un supuesto fraude electoral e incitar a sus partidarios a que se manifestaran en contra de la elección de Joe Biden. Hasta aquí no hay problema.
Lo que ya no se vale es incitar a la gente, algunos armados, a marchar al Capitolio, tomarlo por la fuerza, agredir a los legisladores e impedir la certificación del triunfo de Biden. Son varios crímenes que, a la postre, produjeron la muerte de cinco personas.
Ahora bien, la censura se hizo a posteriori del asalto al Capitolio. Sin embargo, hoy sabemos que ya se estaban preparando otros actos de rebeldía e insurrección previos a la toma de posesión de Biden. Por su actuación anterior, no tengo duda que Trump estaba dispuesto a apoyarlos desde Twitter y Facebook. Con el fin de evitarlo, le suspendieron sus cuentas.
El tema, sin embargo, es más complicado. Aquí no estamos hablando de censuras por parte del Estado, sino de entes privados: las empresas que operan las redes sociales. Uno podría argumentar que, en estricto sentido, no es censura. Cada corporación decide lo que publica o no en su plataforma.
Yo, sin embargo, creo que sí es censura. Y me molesta que sean entes privados las que ejerzan este poder, por más que estén defendiendo la democracia liberal. Nadie eligió a los dueños de Twitter y Facebook para esta función. Aceptar que le cancelen su cuenta a Trump es aceptar que mañana nos la puedan cancelar a cualquiera.
¿De quiénes son las cuentas? ¿De ellos o de nosotros? Claramente de ellos. Nos usan para generar contenido y ganar, así, dinero. Cuando ya no les conviene, nos sacan a la fuerza. ¿De verdad queremos que tengan ese poder?
Yo creo que no.
Coincido, en este sentido, con la canciller alemana, quien considera la cancelación de las cuentas de Trump como “problemática”. Estamos hablando de una política con impecables credenciales democráticas que nunca tuvo empatía con el presidente de EU.
Para Angela Merkel “la libre opinión es un derecho fundamental de importancia esencial en el que se puede intervenir, pero sólo dentro del marco definido por los órganos legislativos, no por decisión de la dirección corporativa de las plataformas”. Propone la canciller que el Estado, a través de sus parlamentos, definan un marco para regular a estas plataformas.
Teóricamente, los legisladores, que son los representantes de la sociedad, deberían definir las reglas de censura en las redes sociales. El problema es que los políticos suelen engolosinarse y terminan por poner cada vez más restricciones a la libertad de expresión. Aquí en México lo hemos visto en el ámbito electoral.
Me da escalofríos imaginar a nuestro Congreso legislando qué sí y qué no podemos ver los mexicanos en las redes sociales.
En fin, el asunto es muy complejo y hay que resolverlo de manera democrática, es decir, debatiendo y deliberando. Se necesita una solución democrática liberal para el creciente y apabullante poder de las redes sociales, mismo que puede poner en peligro a la mismísima democracia liberal.

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