Razones

Por Jorge Fernández Menéndez

Trump, Mussolini y la marcha sobre Washington

Las instituciones resistieron, Pence y los líderes del Congreso tampoco aceptaron las presiones de Trump, pese a todos sus devaneos

“Esto no es Estados Unidos”, ha dicho el presidente electo, Joe Biden, y han repetido políticos, medios, analistas. Pero esos personajes que vimos el miércoles tomando el Capitolio en Washington sí son parte de esos Estados Unidos que votaron (70 millones) por Trump; de esos dos millones de creen a pie juntillas que existe una enorme conspiración de políticos, empresarios, comunicadores, todos pedófilos, encabezados por los Clinton y Obama, que violan y matan niños y que dominan el mundo, según un invento de internet apodado QAnon y al que siguen fielmente, tanto como a su mejor intérprete, Donald Trump.

Es el mismo país que fue cuna de la democracia, el que inspiró la revolución francesa y todas las que le siguieron, pero que nunca ha podido deshacerse por completo, como dice Paul Auster, de su pecado original, el racismo; el que, al mismo tiempo que luchaba contra el nazismo y el fascismo, toleraba que el Ku Klux Klan matara, linchara y segregara en el sur y centro del país. El que demostró tener instituciones sólidas que finalmente han logrado aislar a Trump, pero que hace cuatro años le dieron la Casa Blanca.

Dicen que la historia se repite. Hace casi exactamente un siglo, en octubre de 1922, Benito Mussolini ordenó la marcha sobre Roma. Hacía cuatro años que venía denunciando al liberalismo, a la democracia, a los que habían llevado a Italia a la Primera Guerra Mundial. Roma era, se diría ahora, el pantano de la vida italiana.

El 15 de octubre ordenó que comenzaran manifestaciones públicas del Partido Fascista, que había creado un par de años atrás, en todas las ciudades de Italia. Antes, había logrado, mediante agresiones y amenazas, que renunciaran todas las autoridades socialistas en el norte de Italia, el fascismo controló la región en pocos días, ante la pasividad del ejército y la policía.

Los camisas negras llegaron a Roma el 22 de octubre y amenazaron a las autoridades con una guerra civil si no le daban el poder a Mussolini. El gobierno del primer ministro, Luigi Facta, pidió el estado de sitio para la capital, pero el rey Víctor Emmanuel III se negó y rechazó que se detuviera a Mussolini (que se quedó en Milán) y a los camisas negras que ocupaban los edificios de gobierno. Una semana después, el 29 de octubre, el rey Víctor Emmanuel le pidió a Mussolini que formara gobierno y lo declaró primer ministro. El primero de noviembre tomó el poder. Durante año y medio fue desmontando todos los mecanismos democráticos y en 1924, luego del asesinato de un líder socialista, comenzó formalmente la dictadura.

Lo que ordenó Trump el miércoles fue un intento de autogolpe de Estado, su propia marcha sobre Roma, 98 años después de la ordenada por Mussolini; sus camisas negras fueron las milicias irregulares y los seguidores de QAnon; quiso que su vicepresidente, Mike Pence, fuera su Víctor Emmanuel y le entregara el gobierno, deslegitimando las elecciones de noviembre; algunas fuerzas de seguridad permitieron, en muchos sentidos, que avanzara la movilización y dejó solos a los guardias del Capitolio.

Pero no le alcanzó: las instituciones resistieron, Pence y los líderes del Congreso tampoco aceptaron las presiones de Trump, pese a todos sus devaneos; se movilizó a la Guardia Nacional; los medios y los responsables de las redes sociales terminaron bloqueando al mismo Trump, que los había utilizado cuatro años atrás para llegar al poder; muchos funcionarios, espantados ante el monstruo que habían liberado en las calles, comenzaron a renunciar. El 20 de enero asumirá Joe Biden, como lo decidieron los votos de los estadunidenses. No me imagino a Trump entregándole el poder, tendrá que renunciar o lo renunciarán antes.

Pero esos camisas negras, seguidores de Trump y de QAnon, seguirán, de una u otra forma, en la calle, en los medios alternativos y en las redes. Desmovilizarlos será una tarea titánica para Biden y las instituciones estadunidenses.

En medio de toda esta crisis, el presidente López Obrador desconcertó, para decir lo menos, al declarar que no opinaría del asunto porque es algo “que le corresponde atender a ese país”, argumentando el principio de no intervención. Todos los líderes mundiales condenaron la ocupación del Capitolio, no hacerlo es equiparar la elección democrática de Biden con el intento de autogolpe de Estado de Trump.

Dijo el canciller Marcelo Ebrard que México no tiene enemigos, pero debería tenerlos: quienes intentan perpetuarse en el poder en contra de la decisión democrática de la ciudadanía no pueden ser amigos de México.

Pero, además, está la razón de Estado. Ayer se informó que el superávit comercial de México con Estados Unidos, a pesar de la pandemia y de la caída económica en los dos países fue, de enero a noviembre, de casi 103 millones de dólares. Nuestros paisanos que allí viven y trabajan, que deben soportar día a día a racistas como los que vimos tomando el Capitolio, enviaron en el 2020 unos 38 mil millones de dólares en remesas. ¿A usted le parece sensato distanciarse en este momento de la próxima administración estadunidense, no tomar distancia de una vez por todas con Donald Trump?, ¿qué le deben?

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