Política de principios

Por Juan José Rodríguez Prats

Los políticos

Nunca habían sido tan prolíficos los libros sobre los políticos populistas, descritos como la gran amenaza a la democracia y al siglo XXI. Coinciden en una tipología muy detallada, desde el discurso político hasta su desbordada megalomanía

La vida es frágil y vulnerable, pero lo es más la política. Depende principalmente de los hombres y mujeres que se dedican a hacerla. Por eso estudiar la condición humana de personas con poder ha sido recurrente en todos los grandes pensadores. Filósofos, literatos, sicólogos, sociólogos han descrito y dado consejos para mejorar el desempeño de los gobernantes, tanto para alcanzar los cargos públicos, como para cumplir deberes.

Hay obras literarias excelsas que en forma patética relatan los desmanes de los grandes tiranos y del dilema permanente entre el bien y el mal, entre el ideal y la realidad.

Es muy explicable que la profesión que más ha concentrado su análisis sea la del político. La causa es obvia por ser la disciplina que más depende de la opinión pública. Su trascendencia repercute en todos los aspectos en la vida del gobernado.

Desde el inicio de la historia escrita encontramos ejemplos. La Biblia es un inmenso tratado de liderazgo. La filosofía china es un compendio de sabiduría política. En la Antigüedad, Aristóteles y Plotino empezaron a clasificarlos. Cicerón, en sus Catilinarias, 63 años antes de Cristo, ofrece un estudio del líder populista. La condena a la demagogia ha sido una constante. Las Meditaciones del emperador Marco Aurelio constituyen un tratado de ética y política.

En El príncipe, Maquiavelo (1513) insiste en que el político debe ser realista y eficaz. Tres años después, Erasmo de Rotterdam escribió su antítesis, Educación del príncipe cristiano, que insiste en las virtudes que debe tener el gobernante. Chateaubriand hablaba del político que pone todo su talento para satisfacer una ambición, refiriéndose a Napoleón, y de quienes humildemente hacen su tarea como George Washington.

Hace un siglo, Azorín clasificaba a los políticos en clásicos (se comportan conforme a las reglas, a la ortodoxia) y los románticos (intuitivos y renovadores). Weber hablaba de quienes se guían por su convicción íntima sin importar las consecuencias y quienes lo hacen orientados por la ética de la responsabilidad, esto es, midiendo y previendo las secuelas de sus actos.

José Vasconcelos hablaba de constructores y destructores. Hannah Arendt, en su ya clásica obra, Los orígenes del totalitarismo (1951), describe la forma en que el poder se concentra y aplasta toda la normatividad. Richard Nixon, en su libro Líderes, los clasificó en quienes son idóneos para subvertir instituciones (destruir un sistema) y los que despliegan sus habilidades para preservar la estabilidad y el orden público. Aguilar Camín escribe que hay algo peor que el político profesional y es el político no profesional.

México inicia un año de grandes decisiones. Se requieren herramientas para que los electores calibren a los candidatos, perciban las cualidades de cada aspirante para los diferentes puestos en disputa.

Nunca habían sido tan prolíficos los libros sobre los políticos populistas, descritos como la gran amenaza a la democracia y al siglo XXI. Coinciden en una tipología muy detallada, desde el discurso político hasta su desbordada megalomanía.

Mi experiencia en cuanto a los personajes que me ha tocado tratar es muy elemental. No recuerdo ningún político que haya sido un buen servidor público si incurría en los pecados capitales de los que habla La Biblia. La soberbia es el más dañino. Hay una tenue línea que la separa de la autoridad que un funcionario debe sustentar. Si esa línea se borra, la debacle es inminente. La ira y el resentimiento son patologías sin remedio, están prendidas en el alma. La pereza para enfrentar los grandes retos es dinamita en el mediano plazo. La avaricia es incompatible con la entrega que implica la política. Envidia, gula y lujuria son inocultables en quienes viven en el escrutinio diario.

Me parece que ése es un buen inicio en la difícil tarea que tenemos enfrente, que no es otra que la de ser ciudadanos.

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