Bitácora del director

Por Pascal Beltrán del Río

López-Gatell al desnudo

Entre julio de 1941, cuando fue sacado del retiro por el presidente Franklin Roosevelt para ponerlo al frente de las fuerzas estadunidenses en el Lejano Oriente, y abril de 1951, cuando fue relevado por el presidente Harry Truman como comandante de la Guerra de Corea, el general Douglas MacArthur no tomó un solo día de vacaciones.

¿Y cómo? A MacArthur le tocó conducir las operaciones militares en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, lograr la rendición de Japón, supervisar los Juicios de Tokio y hacer cumplir las sentencias contra cuatro mil 300 líderes nipones que fueron encontrados culpables de crímenes de guerra, y encabezar la reconstrucción de Japón. Para cuando había concluido todo aquello, Estados Unidos ya estaba inmerso en el conflicto de Corea.

La humanidad vive actualmente la peor amenaza desde la Segunda Guerra Mundial. El surgimiento del covid, hace ya más de un año, ha obligado a la enorme mayoría de las naciones a movilizar cuantiosos recursos humanos y materiales para hacer frente a la enfermedad.

Como en otros países, México ha puesto a un funcionario al frente de esos esfuerzos. Se llama Hugo López-Gatell. De manera entendible, él y sus homólogos de otras naciones están bajo la lupa. No sólo por la información que dan a conocer, sino también por su comportamiento durante la crisis.

El pasado fin de semana, López-Gatell fue blanco de críticas —a mi juicio, absolutamente justificadas— por haberse ido de vacaciones.

Primero, por el fondo: el coordinador de la lucha contra el covid no debiera dejarse ver paseando y departiendo alegremente mientras el personal de salud libra una lucha, desde hace meses, para salvar la vida de miles y miles de mexicanos contagiados, con gran sacrificio y riesgo personal. Es, cuando menos, de mal gusto.

Segundo, por la forma: dejarse fotografiar con el rostro descubierto, hablando por celular mientras descendía del avión comercial que lo llevó de la Ciudad de México a Huatulco, cuando el uso del cubrebocas es obligatorio a bordo de las aeronaves, y, luego, aparecer en un restaurante de la playa de Zipolite, cuando él ha desaconsejado salir de casa y, más aún, viajar a lugares donde la epidemia está menos activa que en el sitio donde uno reside.

Por menos que eso, funcionarios en otros países han perdido su trabajo o han tenido que hacer un mea culpa público. Es el caso de David Clark, ministro de Salud de Nueva Zelanda, quien se flageló en abril pasado después de realizar un viaje de 20 kilómetros con su familia para ir a la playa. “Soy un idiota”, dijo, sin rodeos. “En momentos en que estamos pidiendo que los neozelandeses hagan sacrificios históricos, yo le fallé al equipo”, manifestó el ministro.

Debe tomarse en cuenta que Nueva Zelanda es uno de los países que mayor éxito ha tenido en la lucha contra la pandemia, con apenas cinco fallecimientos por millón de habitantes contra 981 que ha tenido México. Si la falta no fue perdonada a Clark, mucho menos debiera dejarse pasar en el caso de López-Gatell, quien ha errado frecuentemente en sus pronósticos, se ha distinguido por su arrogancia y ha sido señalado, en un reportaje de The New York Times, por haber manipulado dos datos clave de la epidemia en la Ciudad de México para evitar poner el semáforo epidemiológico en rojo.

Cuando Roosevelt puso a MacArthur al frente de las operaciones militares en el Pacífico, le pidió una sola cosa: “Gane usted la guerra”. Cuando Truman lo despojó del mando en Corea, en abril de 1951, lo hizo después de que el general prometió que “los muchachos estarán de vuelta para la Navidad”.

Los defensores de López-Gatell dicen que tiene derecho a descansar. Sin duda, cualquier ser humano lo tiene, pero en la actual circunstancia, cuando muchos médicos de primera línea se han enfermado, han muerto o han pospuesto sus vacaciones y cuando millones de mexicanos pasaron un triste fin de año, exhibirse como lo hizo él es una insensatez, por decir lo menos.

Por último, no deja de ser significativo que López-Gatell haya elegido Zipolite para descansar. El lugar —cuyo nombre en zapoteco significa “playa de los muertos”— es conocido mundialmente por la práctica del nudismo. Y aunque no se sabe si el funcionario se despojó del traje de baño, sí que se dejó ver al desnudo, como un ser cuya soberbia es mayor que su vergüenza.

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