En el filo

Por Ricardo Pascoe Pierce

Los antidemócratas

Vemos el método de regímenes antidemocráticos y autoritarios implantarse en sociedades tan diversas como China, Corea del Norte, Rusia, Siria, Irán, Cuba, Nicaragua y Venezuela

Recorre el mundo un movimiento social y político antidemocrático. En esencia, es una tesis que rechaza a la democracia como credo factible para la convivencia de la sociedad. Rechaza activamente las formas y prácticas democráticas, como la tolerancia y la pluralidad, proponiendo en su lugar métodos monolíticos y autoritarios de gobernanza.

Vemos el método de regímenes antidemocráticos y autoritarios implantarse en sociedades tan diversas como China, Corea del Norte, Rusia, Siria, Irán, Cuba, Nicaragua y Venezuela. Pero lo más significativo es constatar que lo mismo ocurre en sociedades con fuertes tendencias antidemocráticas, como Polonia, Bulgaria, Estados Unidos, México, Egipto, Libia y Mali. Estas últimas llaman la atención también por su diversidad económica, social, étnica y religiosa. El movimiento antidemocrático no es privativo de unos y excluido para otros. No, todas las sociedades (desarrolladas o en vías de desarrollo) son propensas a incubar y procrear movimientos antidemocráticos. Las bases sociales, económicas y étnico-religiosas no son obstáculo para la promoción y fortalecimiento de movimientos autoritarios y francamente antidemocráticos.

Los antidemócratas se expresan como populistas en algunos casos (es el caso de Estados Unidos y de México, por ejemplo) y como pensamiento dictatorial en otros (Polonia y Siria son ejemplos). Lo que tienen en común son sus políticas de destrucción de las instituciones democráticas del Estado, especialmente a los contrapesos, como los poderes Judicial y Legislativo, los órganos autónomos, las instancias pensantes de la sociedad (universidades, organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación). También subordina a las Fuerzas Armadas al arbitrio del jefe máximo, por la vía del control familiar o por la corrupción. Los negocios más importantes del país pasan a manos del Estado (o sea, del jefe máximo) o de una clase capitalista corrupta y subordinada por los negocios.

En Estados Unidos se vive, hoy y en tiempo real, un intento de autogolpe de Estado, orquestado por el presidente Trump, muy parecido a lo que hizo Fujimori en su momento en Perú. El desprecio a las formas y prácticas democráticas empezó con el Tea Party, se atemperó en algo estando Trump en la Presidencia y ha reavivado sus llamas antidemocráticas ante el reclamo de fraude electoral. En el caso de López Obrador, ese espíritu antidemocrático siempre ha estado presente en sus prácticas políticas. Como jefe de Gobierno usó a la fuerza pública y el Ministerio Público como instrumento punitivo contra sus “enemigos”. Todo lo que hace hoy al ignorar las leyes y pisotear la Constitución es parte integral de su visión de desprecio por las prácticas y formas de una sociedad republicana y libre. A pesar de que la Constitución le prohíbe opinar e intervenir en el proceso electoral, sigue opinando e interviniendo con cinismo e impunidad. Está viviendo a plenitud su método antidemocrático.

Esta encrucijada coloca a las sociedades modernas ante el dilema central de sus existencias, como vemos en Estados Unidos y en México. La decisión es sobrevivir como sociedades democráticas o sucumbir al canto de las sirenas del autoritarismo.

Y para seguir siendo demócratas hay que derrotar a los antidemócratas.

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