Opinión

Por Benjamín Hill

Esta no será la última pandemia

Hay muchas lecciones que deja la pandemia de Covid-19, tal vez la mayoría de ellas no son evidentes aún, pero una que es incuestionablemente clara es que debemos enfrentar el problema de las pandemias en el futuro con mayor humildad y seriedad, pues esta no será la última pandemia que veremos ni tiene porqué ser la más grave.
En The Pandemic Century (Honigsbaum, 2020) el autor examina diez casos de epidemias ocurridas en los últimos cien años (influenza, peste, fiebre del loro, mal del legionario, la epidemia de Filadelfia, Sida, SARS, MERS, Ébola, Zica y Covid-19), y hace un interesante examen de la historia de cada enfermedad, de sus primeras manifestaciones y propagación, del origen biológico de cada una y la parte más interesante, que es la respuesta de la sociedad, de la comunidad científica y de los gobiernos. Podría pensarse que el denominador común en todas las historias es el triunfo de la ciencia sobre la enfermedad, y que el enfoque científico siempre es el que se impone triunfante cuando la humanidad se ha enfrentado a la amenaza de una pandemia. Pero eso sería un error. La realidad es que no ha sido así. Lo que es común en la respuesta que hemos dado a estas pandemias, es que en todos los casos que relata el autor se cruzan en la ruta para encontrar una cura consideraciones económicas, políticas y sociales que no pocas veces interrumpen o entorpecen esa ruta. Lo hemos visto claramente en el tratamiento que cada país ha dado a la pandemia de Covid-19 este año y que puede comprobarse en las dramáticas diferencias que hay en los resultados obtenidos.
Una dimensión marcante en cada episodio de epidemias que analiza Honigsbaum, es que sin excepción, en todos los casos, esas epidemias se desatan a partir de una irrupción, una incursión disruptiva de los seres humanos en el medio ambiente. Dichas irrupciones detonan mutaciones de virus que generalmente pasan de animales a personas y que atacan a la humanidad por sorpresa, como nuevas y desconocidas enfermedades. En la epidemia de peste en Los Ángeles en el año 1924, que mató a 33 personas, todo indica que el rápido crecimiento de la ciudad facilitó que las pulgas de las ratas que contagian la enfermedad con su picadura, se pasaran a roedores salvajes como ardillas, marmotas y ratas canguro, que esparcieron la infección en la periferia y áreas rurales. El brote de SARS (síndrome respiratorio severo agudo) en Asia, un tipo de coronavirus, pasó de los mercados de Guangdong en 2003 proveniente de un animal salvaje llamado civeta de las palmeras, a los hurones, probablemente también a murciélagos y de ahí a las personas. Pronto llegó a Hong Kong y de ahí a varias partes del mundo. Se reportaron ocho mil 98 casos y murieron 774 personas en más de 30 países, gracias a la conectividad de Hong Kong y las facilidades modernas para viajar. Doce años después, otro coronavirus que provocaba la enfermedad llamada MERS (síndrome respiratorio del Medio Oriente), pasó en Arabia Saudita de los camellos dromedarios a las personas, y aunque se ha esparcido de forma limitada a países de Asia y África, se ha mantenido principalmente en la península arábiga, tal vez por el carácter hermético de algunos países de la región, que limita la movilidad. Todos sabemos hoy que muy probablemente, el coronavirus causante de Covid-19 se transmitió de murciélagos a personas. En todos los casos el denominador común es la presión que el desarrollo económico, el crecimiento de las ciudades, los gustos de las personas y la necesidad de atender las demandas de alimentación de las personas genera sobre el medio ambiente. La historia se repite cada vez de forma más o menos parecida en cada caso y para el autor, lo único seguro en el futuro es que vendrán otras epidemias que podrían ser peores que la actual, si no cambiamos nuestra manera de interactuar con el medio ambiente de forma radical.
La globalización, la urbanización, la concentración de personas en un entorno insalubre como ocurre en los cinturones de miseria de las megaurbes de Asia, África y América Latina, son precisamente los ambientes propicios para que aparezcan nuevas pandemias. Tenemos además una creciente demanda, principalmente en China y la India, por abrir espacio a granjas industrializadas productoras de leche y proteína animal, lo cual genera una enorme presión al medio ambiente. Todo eso, sumado a la interconectividad de las personas y los viajes internacionales, facilita la aparición y propagación de nuevas enfermedades que no sabemos tratar todavía, y sobre las que no tenemos defensas. Lo que nos debe quedar claro, es que nuestro modelo de desarrollo necesariamente seguirá teniendo una relación disruptiva con el medio ambiente, y que lo que hemos vivido este año, con todo su trágico corolario no es la conclusión, sino apenas un capítulo más de una historia que seguirá.

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