Opinión

Por  Raymundo Canales de la Fuente

La nueva cepa de SARS-CoV-2

Las agencias internacionales reportan desde hace un par de semanas la circulación en el mundo de una nueva cepa de SARS-CoV-2, causante de la enfermedad covid-19. Es un hecho ampliamente conocido que los virus, al igual que muchos organismos, presentan cambios en la información genética conforme pasa el tiempo, no podríamos esperar nada diferente respecto del actual. Inclusive, puedo mencionar que es más estable que muchos otros, es decir, que han sido pocas variaciones a un año del inicio de la pandemia.

Las variantes anuales del virus causante de la influenza, por ejemplo, son tantas, que los laboratorios deben esperar a junio de cada año para incorporar las últimas cepas a la vacuna; éste no parece ser el caso de la epidemia actual por coronavirus. El otro hecho que es importante señalar es que las variaciones no son necesariamente peores en términos de la infección humana, puede ocurrir incluso que sean menos agresivas; entender esto será el objetivo en el que se centrarán los institutos de investigación médica actuales, junto con las agencias encargadas de la salud pública.

Alguno de los reportes científicos recientes demuestra que la nueva cepa presenta variaciones en cuanto a la proteína que se encarga de replicar la información genética del virus una vez que se encuentra dentro de la célula humana, lo que se traduce en una buena noticia, ya que eso no influye en la capacidad infectante del germen, sino en su replicación.

Bajo la óptica de la teoría de la evolución de Darwin, se entiende claramente que las especies evolucionan con base en la selección natural, bajo la cual solamente sobreviven los individuos que presentan alguna característica frente a una presión externa selectiva; hecho que no parece haber ocurrido con el virus actual, en vista de que carecemos de tratamientos efectivos. Es decir, el virus ha recorrido el planeta sin freno efectivo.

Por otro lado, las vacunas que se han desarrollado están dirigidas en contra de la proteína que le permite al virus pegarse a la célula que pretende infectar, y ésa parece no haber sufrido cambios, por lo que, teóricamente, seguirán funcionando como prevención.

Debemos, por supuesto, permanecer pendientes como sociedad respecto a los nuevos hallazgos científicos que se describan, pero de ninguna manera resulta razonable el pánico ni el cambio en los enfoques de control y prevención. Las estrategias deben continuar y, en caso de que se demuestre la necesidad de hacer algún cambio en las vacunas, los laboratorios seguramente estarán preparados para incorporarlos de forma efectiva. Ojalá que México acceda con mucha más fuerza al desarrollo de nuevas vacunas.

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