Opinión

Por Javier Aparicio

Covid-19: el medio vacío

¿Por qué no recomendar el uso intensivo del cubrebocas? No parecía ser determinante
A la fecha, se han registrado en el mundo más de 79 millones de casos de covid-19 y la enfermedad ha causado más de 1.7 millones de fallecimientos. La incidencia de la pandemia está en franco aumento alrededor del planeta y, al igual que durante los difíciles meses de la primavera, muchas ciudades y países corren el riesgo de ver saturados sus sistemas de salud.
Con más de 1.3 millones de casos confirmados, México está en la posición número doce entre todos los países del mundo y, en cuanto al número de muertes —120,311 hasta el día de ayer—, sólo estamos detrás de Brasil en América Latina. En cuanto a los indicadores relativos, la tasa de letalidad por caso confirmado, de alrededor de 9%, es igualmente preocupante, como lo es la tasa de positividad de las pruebas realizadas, ubicada en alrededor de 45 por ciento. En la Zona Metropolitana del Valle de México la situación es crítica. Según un análisis de investigadores de la Universidad de Stanford y del CIDE, incluso si logran reducirse los contactos durante las fiestas decembrinas, la demanda hospitalaria podría verse rebasada en la zona durante el mes de enero entrante.
En diferentes momentos de los últimos nueve meses hemos escuchado todo tipo de mensajes contradictorios por parte de las autoridades de salud: ¿Por qué no hacer pruebas masivas? Eran innecesarias. ¿Por qué no recomendar el uso intensivo del cubrebocas? No parecía ser determinante. ¿Qué hacer frente a estadísticas internacionales desfavorables para el país? En realidad, son cifras no comparables, excepto cuando nos favorecen. Por su parte, el semáforo epidemiológico se anunció como el mecanismo que permitiría aplicar medidas de manera ordenada y previsible en diferentes regiones, hasta que fue declarado como intrascendente. ¿El mensaje reiterado subyacente? Frente a la pandemia, cada familia deberá hacer lo mejor que pueda sin esperar mucho más del gobierno que las políticas sociales y económicas anunciadas meses antes de la pandemia.
Hace meses, cuando ni siquiera habíamos alcanzado el primer pico de la pandemia a nivel nacional, el gobierno federal pidió que se les aplaudiera por haber domado la pandemia. Poco después, cuando las cifras acumuladas rebasaron los peores pronósticos iniciales, se nos dijo que no había mucho de qué preocuparse, toda vez que el sistema hospitalario no había sido rebasado y contábamos con camas disponibles. Ahora, cuando la capacidad hospitalaria de la Zona Metropolitana del Valle de México está a punto de verse rebasada, el gobierno pide aplausos y cantos esperanzadores porque han comenzado a llegar las primeras vacunas.
Aunque las vacunas han comenzado a llegar —lo cual, sin duda, es una buena noticia—, en el corto plazo las así llamadas intervenciones no farmacéuticas, tales como el distanciamiento social, el uso de cubrebocas y la suspensión de actividades económicas y escolares, seguirán siendo la mejor forma de atemperar el rebrote de la pandemia. Sin embargo, como se ha visto, estas intervenciones también implican costos económicos y sociales significativos que obligan tanto a autoridades como a la sociedad a tomar decisiones difíciles y responsables.
La distribución y aplicación de los diferentes tipos de vacunas desarrolladas contra el SARS-CoV-2 será uno de los retos de política pública y de salud más grandes en el mundo y para cualquier gobierno. Según un reporte de McKinsey, entre las consideraciones de planeación estratégica destacan seis aspectos clave: Que la vacuna esté disponible en el volumen necesario para la población. Que pueda administrarse por personas debidamente calificadas entre diferentes segmentos o grupos prioritarios. Que pueda ser almacenada y distribuida de manera eficiente y accesible. Que las personas cuenten con suficiente información adecuada para que confíen y acepten la vacuna. Que el gobierno cuente con los recursos para financiar la adquisición y administración de las vacunas. Por último, que exista una plena rendición de cuentas sobre las diferentes etapas del proceso, así como un seguimiento puntual y oportuno a las personas vacunadas.
Si el gobierno ha fallado o mostrado carencias con las medidas iniciales para atemperar la pandemia, no puede fallar con el programa de vacunación. Si por no ajustar planes personales ésta resulta ser la última Navidad para alguien más, conocido o desconocido, ¿qué pensaremos al día siguiente?

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