Política de principios

Por Juan José Rodríguez Prats

Dos mil conferencias

El cruce de ideas en una charla o conferencia es un hecho sublime del que he resultado beneficiado. Reta todos los sentidos y nos lleva a la intensidad y al éxtasis. Es particularmente provocativo el diálogo entre generaciones…

Dado el espíritu navideño, me concedo el privilegio de llevar agua a mi molino para presumir algo que considero relevante en mi vida personal.
He sido político toda mi vida. Nunca tuve duda sobre mi vocación. Estudié derecho y atiné, es la mejor herramienta para esta profesión. El derecho, hay que insistir, es la inteligencia y la conciencia de la política. La ley enseña, orienta y obliga. También inspira. Stendhal se iluminaba leyendo el Código de Napoleón para escribir su gran novela Rojo y negro.
Divido mi vida profesional en tres partes: un año (1968) en la política estudiantil en la Universidad Veracruzana; periodo breve que fijó en mí convicciones y compromisos. 24 años de priista, asumiendo tareas de las que, creo, fui saliendo airoso por decirlo de alguna manera. Y 25 años de panista.
En 1995, Carlos Castillo Peraza (¡cómo nos faltan sus reflexiones!) me asignó la tarea de estudiar y trabajar para el PAN en la Fundación Miguel Estrada Iturbide. Poco después me encomendó platicar con quienes tocaban las puertas del partido. Inicié en Zacatecas con varios expriistas a quienes me correspondía iniciar en la universal, profunda y humana doctrina panista. Debía rendir un informe de mi trabajo y por ello empecé a llevar la cuenta de mis intervenciones.
El trabajo ha sido placentero. He disfrutado frente a escasos asistentes, así como en eventos concurridos. También me permitió conocer a extraordinarios seres humanos. Sería imposible mencionar a todos, sólo destaco a cinco que trataron a don Manuel Gómez Morin: Alejandro Avilés, Gabriel Palomar, Juan José Hinojosa, Alfonso Arronte y Eugenio Ortiz Walls. ¡Con qué reverencia hablaban del fundador del Partido Acción Nacional! Citaban sus ideas, ponderaban sus decisiones, hablaban con vehemencia de su calidad humana. Ahí está uno de sus legados más valiosos: los afectos sembrados, la solidaridad con la gente, los vínculos de almas (por llamarlos de alguna forma) que un ser humano es capaz de crear.
He participado en eventos de diverso tipo, mesas redondas, presentaciones de libros… No contabilicé discursos en campaña ni participaciones en medios, salvo que tuvieran ciertas características que yo mismo me impuse. El caso es que ayer impartí mi conferencia 2000, organizada por un panista ejemplar, entrañable amigo, Juan Antonio García Villa. Me parece que es algo digno de celebrarse.
El cruce de ideas en una charla o conferencia es un hecho sublime del que he resultado beneficiado. Reta todos los sentidos y nos lleva a la intensidad y al éxtasis. Es particularmente provocativo el diálogo entre generaciones, ese puente de comunicación es lo que permite la permanencia de la cultura y la cohesión social.
Debido a la pandemia, mis últimas intervenciones han sido virtuales y, la verdad, extraño el contacto personal. Es algo insustituible.
A México le urge deliberar, alcanzar un reduccionismo bueno. Es decir, unas pocas, pero elementales ideas que nos permitan reencontrarnos. No sabemos disentir ni se nos tienen consideraciones cuando lo hacemos.
Se le da prioridad a la confrontación, no a la coincidencia. Condescendemos con la apariencia y no somos capaces de ir al fondo del asunto en cuestión. Ojalá en los próximos meses nos demos una tregua en nuestros enconos y rencillas.
Alcanzar esta meta requirió estar siempre dispuesto, la renovación de las ideas para no ser repetitivo, la autenticidad para expresar mis creencias, el deber ético de sumar voluntades.
Tenemos que superar, en palabras de Tierno Galván, “esa finísima corrupción que consiste en convencernos a nosotros mismos de que no va a pasar nada”. Algo va a pasar y tenemos que estar preparados.
Me encantó una cita que hizo Joe Biden del gran poeta Archibald MacLeish en la oración fúnebre a un político que había sido su adversario: “No es en el mundo de las ideas donde se vive la vida. La vida se vive, para bien o para mal, en vida”.

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