Padre Pantoja; sus pasos iban hacia el necesitado

Entonces la gente miró al padre Pedro Pantoja cargando una tosca pala, echando mezcla, a 40 grados de calor. Era la construcción del Templo de Fátima en un pobre barrio de prostitutas, que antes había sido la zona de tolerancia de Ciudad Acuña.

“Veo a un albañil que estaba trabajando y le pregunto ‘¿oiga está el padre Pedro?’, y contesta ‘¿quién lo busca?’. Le digo ‘soy Berenice de la Peña’, y  él responde ‘ah mucho gusto, yo soy el padre’. Me sorprendió bastante”, cuenta Ana Berenice de la Peña Aguilar, a la sazón coordinadora del Movimiento Juvenil Cristiano, quien se convertiría en la asistente personal del padre Pedro por más de 24 años.   

Y la gente intuyó de inmediato que esa imagen, esa escena, marcaría para siempre su estilo, la forma, de hacer iglesia del padre Pantoja. Años más tarde la gente vio al padre Pedro recorriendo las vías del ferrocarril, en busca de migrantes para llevarlos al albergue que había fundado de espalda a los rieles, justo en el poniente Saltillo.

Todos los días el padre Pantoja se levantaba a las 4:30 de la mañana, se vestía con su clásica chamarra de cuero, su pantalón de mezclilla y salía en pos de sus hermanos indocumentados.

Mucho tiempo después el padre Pedro se encontraba en un elegante recinto de la UNAM, acompañado por las altas autoridades universitarias, recibiendo un reconocimiento por su gran labor social en favor de los desplazados por la pobreza y la violencia en sus países. Pantoja se había ataviado para la ocasión con su típico pantalón de mezclilla y su chamarra de cuero.

A la mesa le habían servido un platillo suculento y cuchillería fina y el padre comió con la misma alegría y avidez con que, por años, había compartido los frijoles con arroz en la Posada Belén, con aquellos hombres y mujeres que habían huido de Centroamérica rumbo a esa entelequia llamada “sueño americano”.

“Siempre fue una persona muy sencilla, muy humilde en su forma de relacionarse con los demás, esa era su esencia, el buscar que las personas pudieran tener lo necesario para vivir dignamente y compartir esa alegría del camino”, comenta Berenice.

La que sabe bien de eso es doña María del Rosario Silva Gallegos, una de las más antiguas colaboradoras del padre Pantoja: “Siempre venía con nosotros a convivir como familia, él es familia, teníamos mucha confianza y nos gustaba la sencillez de él. Cuando quería venía a mi casa y me decía: ‘Chayito, ¿me regala un taco?’, y yo ‘claro padre, pásele, aquí hay, ya sabe que, aunque sea frijolitos”. Era muy sencillo y lo que le dábamos eso se comía”.

CASI UN SANTO

Su sencillez, dicen los que lo conocieron de cerca, no tenía parangón, y fuera de día o de madrugada acudía en auxilio de los moribundos para darles la extremaunción. “Nunca descuidó a los enfermos, a nadie, a nadie. Sus pasos iban a donde estaba el necesitado. Era casi un santo, nosotros lo calificamos así”, platica Reina Blanco, la encargada de la Iglesia de la Santa Cruz en la colonia Landín de la que el padre Pedro era rector.

Por esos días el padre Pantoja sufría la persecución de una sociedad xenofóbica, el acecho de la policía y la amenaza del crimen organizado metido al negocio del tráfico de personas, mas no claudicó en su defensa y protección de los migrantes.

“En varias ocasiones le poncharon las llantas de su carro, en una ocasión le rompieron los cristales de su camioneta. A veces que estaba en conferencia o en reunión yo era la que contestaba el celular y así, literal, le decían, ‘hijo de la chingada, te vas a morir’, yo colgaba. El padre nunca con miedo, caminando hacia adelante, con mucho temple, una valentía enorme para enfrentar las amenazas que se estaban viviendo en todo este tiempo de persecución a la casa”, narra Berenice de la Peña.

La verdad es que lucha social del padre Pedro Pantoja había comenzado desde mucho antes, allá cuando se trasladó a la Ciudad de México para estudiar la maestría en Ciencias Sociales, que trabajó de operario y tomó parte en un movimiento por los derechos laborales de los jornaleros. Después como defensor de los mineros del carbón, fue enviado en calidad de pastor a esa zona de dolor que se llama la Región Carbonífera de Coahuila.

CREA EN ACUÑA CASA DE MIGRANTES

Su visión que se sintetiza en la justicia del evangelio y los derechos humanos, lo llevó a la postre a crear la Casa Emaús en ciudad Acuña, un refugio para migrantes deportados de los Estados Unidos, que aún perdura.

El pueblo de San Pedro del Gallo, Durango, había visto nacer en 1945 al padre Pedro Pantoja Arreola, en el seno de una familia de seis hermanos, de los cuales él era el menor. Creció en el entorno de un hogar católico y comprometido con las causas de los pobres, circunstancias que influirían en su pensamiento y su carácter de hombre altamente sensible a la realidad social, siempre pendiente de las luchas de las personas por una vida digna.

“Él era muestro gran pastor y nosotros su rebañito, siempre andaba entre nosotros llevándonos la evangelización. Decía: ‘si no pueden venir yo voy, si la iglesia está sola yo voy hasta ustedes’, e iba a las casas a llevar la eucaristía, muchas bendiciones”, comenta Rosario Flores, miembro de uno de los cinco coros que fundó el padre Pantoja en la Santa Cruz.   

Su entrada al seminario ocurrió a los 12 años. Años tras se había fugado con sus padres y hermanos del “Gallo”, por causa de la pobreza, y refugiado en Parras, Coahuila. Ya ordenado cura, el padre Pedro obtuvo el grado de licenciado en psicología, en la Universidad Autónoma de Coahuila. Más tarde se inscribió en la Maestría de Ciencias Sociales en la Universidad Nacional Autónoma de México, toda vez que trabajaba como obrero. Fue quizá el primer contacto del padre Pedro con la realidad que vivía el sector de la clase proletaria en México. No bien había concluido su posgrado en la UNAM, el padre Pedro es invitado a cursar una especialidad en sociología en Nanterre, en Francia, ciudad en la que radicó durante un semestre.

GRAN LECTOR; INTELIGENCIA ASOMBROSA

El padre Pedro había sido desde siempre un lector voraz, de una inteligencia que asombraba a cuantos trababan amistad con él. Un hombre que se mantenía a la vanguardia académica, participando en diplomados y especializaciones que engrosaban su saber sobre tópicos sociales.

Sus colaboradores recuerdan la oficina, la casa del padre Pedro maravillosamente repleta de libros. Aseguran que esa inteligencia, alimentada por sus lecturas, no hizo más que avivar en sobremanera su sentido de humanidad.

 “No hemos encontrado en otra persona un testimonio de amor a Dios, de amor a la humanidad, más grande que el de Pedro Pantoja”.

A su retorno a Saltillo, el padre Pantoja fue enviado en misión evangelizadora y pastoral a la Región Centro y Carbonífera de Coahuila, específicamente a Barroterán, donde vio, oyó, olió y palpó la dura vida que vivían, viven, los trabajadores de las minas, los hombres del carbón.

“Su acompañamiento siempre fue muy cálido, muy cercano, con un corazón muy vivo, muy empático, de saber, de sentir lo que los otros estaban viviendo y su lucha fue igual. Era como si el migrante fuera él, como si la persona desaparecida fuera su familiar, como si la persona que estaba sufriendo, fuera alguien sumamente cercano a él, como si él mismo lo estuviera viviendo”, relata Berenice.

En Monclova el padre Pedro tomó parte en las protestas obreras de Altos Hornos de México. Era un hombre que se oponía a las estructuras, a la desigualdad, a la segregación social, al clasismo. “Esa búsqueda de que las personas puedan vivir con dignidad, bajo el lema del amor, en una forma incluyente, donde nos preocupamos todas por todas y todos por todos”, declara Berenice de la Peña. 

Su encuentro con el mundo migrante sucedió en 1997, luego que fue asignado a Ciudad Acuña, lugar en el que inauguró el albergue Casa Emaús, que a la fecha recibe indocumentados que todos lodos días son desterrados de la Unión Americana y se quedan varados en la frontera, sin horizonte.

En 2002 el padre Pedro fue trasladado a General Cepeda, dejando su mensaje de justicia como una huella indeleble por todos los ejidos donde pisó. Hasta que, junto con dos religiosas pertenecientes a la congregación de las Hermanas Catequistas de los Pobres, el padre Pedro erige la Casa del Migrante de Saltillo, hecho motivado por el asesinato en 2001 de dos migrantes, uno a manos de los guardias de seguridad del tren; el otro perpetrado por militares, en esta ciudad.

“Él era otro Cristo porque se desvivía, daba la vida por su comunidad, por sus ovejas, por los más necesitados, por los migrantes”, dice Cecilia Alvarado, catequista de la Santa Cruz. 

“Siempre tuvo una empatía muy grande, de tal manera que el pisoteo de los derechos de las y los migrantes, en específico, pero el pisoteo de las personas en general, de sus derechos, esa vulneración a su persona, fue siempre causa de mucha indignación para él y lo expresaba con mucho enojo, con mucha rabia… Con el coraje necesario para impulsar que las cosas cambiaran”.

“La Casa busca no nada más ser un lugar de estancia o de acogida humana sino también la defensa de los derechos humanos y palabra de incidencia social en el sentido de las legislaciones. Hacer trabajo, en conjunto con otras organizaciones, para hacer presión en los países, que se legisle y se cumplan las leyes que ya hay, de manera afectiva”, dice De la Peña Aguilar.

Y su predicción por los pobres, por los más necesitados, por los vulnerables, por los marginados, fue el sello que distinguió la vocación, el apostolado del padre Pantoja.

(Con información de Vanguardia)

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