Bitácora del director

Por Pascal Beltrán del Río

El Dream Team de la vacuna

Antes de la aparición del nuevo coronavirus, la vacuna que más rápidamente se había desarrollado había sido la de parotiditis o paperas.
Esa vacuna, conocida como mumpsvax, se produjo a partir de una cepa extraída de la garganta de la niña Jeryl Lynn, hija del microbiólogo estadunidense Maurice Hilleman, el vacunólogo más exitoso de la historia. Fallecido en 2005, Hilleman creó ocho de las 14 vacunas que usualmente se suministran a las personas, entre ellas la del sarampión. Se le considera el científico que más vidas salvó en el siglo XX.
Para desarrollar la vacuna de paperas, Hilleman recurrió a una técnica utilizada durante la Segunda Guerra Mundial para encontrar una manera de prevenir enfermedades como la polio. Se trataba de cultivar formas debilitadas del virus en embriones de pollo. En menos de cinco años, la vacuna estaba lista para su aplicación comercial.
Fue todo un récord. Otras vacunas habían tomado décadas en desarrollarse, como la de la tifoidea, que tardó 28 años (1886-1914), tiempo semejante al que se demoró la de la fiebre amarilla (1912-1939), que valió el Nobel de medicina al virólogo sudafricano Max Theiler.
El anuncio, este mes, de que dos proyectos de vacuna contra el coronavirus habían concluido con éxito la fase III de pruebas clínicas representa no sólo una esperanza de superar una pandemia que en doce meses ha matado a 1.3 millones de personas en el mundo —hoy se cumple exactamente un año de que apareció el primer caso en China, un paciente de 55 años de edad, según un rastreo realizado a posteriori—, sino también una proeza de la investigación científica.
El primero de ellos fue desarrollado de manera conjunta por las farmacéuticas Pfizer y BioNTech, que lo dieron a conocer el pasado lunes 9. El segundo, del laboratorio Moderna, fue revelado apenas ayer. Se trata de dos de más de 125 proyectos de investigación para encontrar una vacuna contra el covid-19. Lo sorprendente es que las primeras pruebas en humanos comenzaron apenas en marzo.
Tanto la de Pfizer como la de Moderna pertenecen a una nueva generación de vacunas que utiliza una técnica distinta de las que han sido comercializadas para otras enfermedades: la del ácido ribonucleico mensajero o ARNm.
Mientras las vacunas tradicionales inoculan una versión debilitada de un virus para provocar una respuesta inmunitaria sin causar enfermedad grave, éstas inoculan una proteína específica, en este caso, la de la espiga que el coronavirus utiliza para anclarse en las células e invadirlas para reproducirse. La idea es hacer que la célula actúe como si estuviese realmente infectada. Esta técnica había sido bautizada por la revista Nature como “una nueva era en la vacunología”, en un artículo publicado en 2018. El anuncio de Moderna, realizado ayer en la madrugada, es el final del camino de un proyecto encabezado por el médico israelí Tal Zaks, director científico de la biotecnológica con sede en Boston.
En marzo, Stéphane Bancel, el director ejecutivo de Moderna, fue uno de los representantes de la industria invitados a la Casa Blanca por el presidente Donald Trump para hablar sobre el desarrollo de la vacuna. Durante la reunión, Bancel aseguró que su compañía tendría una vacuna en unos cuantos meses. Aunque Trump hubiera deseado que el anuncio se hiciera antes de las elecciones presidenciales, Moderna cumplió el compromiso. Su efectividad de 94.5% la pone por encima de la de Pfizer-BioNTech, calculada en 90 por ciento. Tiene, además, la ventaja de que no necesita guardarse a una temperatura de menos 80 grados, como la otra, sino que puede almacenarse en un congelador tipo casero e incluso se conserva un mes en el refrigerador.
Además de contar con los servicios de Zaks, quien fue contratado en 2015, el equipo científico de Moderna incluye a Melissa Moore, bioquímica que salió del Massachusetts Institute of Technology y la mayor experta mundial en ARNm. Desde que llegó a Moderna, la compañía ha desarrollado 23 medicamentos y vacunas mediante esa técnica.

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