La búsqueda del tesoro de los Insurgentes

Miles de personas han recorrido nuestro territorio con la finalidad de enriquecerse de la noche a la mañana, pero en la mayoría de los casos, terminan por retirarse decepcionados al no poder encontrar el afamado “tesoro” que en muchas leyendas han escuchado.

Una de estas leyendas es la que relató el doctor Regino F. Ramón, quien en sus escritos históricos, fascinó a muchas personas que conocieron múltiples leyendas de nuestro estado, como lo es la historia del Tesoro del Rancho Viejo.

Tras lograrse la captura de los caudillos de la independencia en Norias de Bajan, el capitán Ignacio Elizondo junto a su compadre, Don Antonio Rivas Bermejillo, dueño de las haciendas de Santa Gertrudis en poblado de San Buenaventura se apoderaron de parte del tesoro que cargaban los insurgentes, con el que pretendían comprar armas en los Estados Unidos.

La noche del 21 de marzo de 1811 Ignacio Elizondo junto a Antonio Rivas se trasladaron hasta la loma del prendimiento en donde se apoderaron de varias mulas y dos carros cargados con plata acuñada y en barras, que sin pasar por Monclova tomaron el camino que va por Castaños a Pozuelos, y de allí pasando por Nadadores, para después llegar al “Rancho Viejo” de Santa Gertrudis, que era propiedad de Antonio Rivas.

Se presume que estos sepultaron dicha fortuna en un túnel cerca de una mina de plata, la cual fue decorada como noria, para ser fácil de localizar, pero tiempo después, Ignacio Elizondo perdió la vida en Texas, por lo que su compadre heredo la fortuna que habían quitado a los independentistas.

Para mala fortuna, en 1822 el acaudalado hacendado falleció, sin revelar a sus descendientes el paradero de dicho tesoro, lo que dio inicio al mito.

Se dice que a principios del siglo XX, un pastor que trabajaba para Tiburcio Garza, se encontraba en las faldas del cerro de Santa Gertrudis cuando se topó con lo que parecía ser una noria poco profunda y sin agua, que tenia en el interior una escalera en mal estado, por lo que decidió colocar un “mecate” y descendió para explorarla, encontrando en el fondo, un pequeño pasadizo de aproximadamente un metro con 40 centímetros y al fondo se observaban varias barras, que por el paso de los años aparentaban ser de plomo.

Este sustrajo varias barras con suma dificultad y las llevo arrastrando hasta el rancho de su patrón quien al verlas, le ordenó que lo llevara al sitio en donde las había encontrado.

Desconcertado, el pastor no pudo encontrar la noria, asegurando que esta había sido tragada por la tierra o que era cosa del diablo, causando molestia en Tiburcio Garza quien llego a pensar que era engañado por su peón, pero al ver en la tierra la marca que dejaron las barras al ser arrastradas, no tuvo mas remedio que aceptar lo que le decían.

El temor invadió al nuevo dueño de las tierras de Antonio Rivas y este decidió llevar las barras hasta la parroquia en San Buenaventura para que el cura las bendijera y de esa manera puso fin a la búsqueda del afamado tesoro.

Sin embargo, en nuestros días existen personas que continúan con la búsqueda de lo que se le conoce como “El Tesoro de los Insurgentes”.

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