Opinión

Por José Elías Romero Apis

Revocación de mandato en lengua inglesa

Los verdaderos vigías de los gobiernos y de los navíos son aquellos a los que no les asusta subir al mástil para ver más lejos y que, una vez allí instalados, no se marean por la altura y no se embriagan por el bamboleo. Ellos son los que divisan más lejos que los demás
La elección fue muy competitiva y, por lo tanto, no representa una derrota vergonzosa ni una victoria presuntuosa. De hecho, los dos candidatos lograron el mérito de romper el récord electoral, con 77 y 72 millones de votos. Pero, más allá del resultado, queda una nación profundamente dividida, no solamente por la paridad de los números, sino por la disparidad de las ideas.
Descartando a los electores que nunca piensan y que abundan en todas las naciones, los ciudadanos pensantes no solamente eligieron entre dos estilos de personas, sino, por encima de ello, decidieron entre dos proyectos de nación.
Además, esto se contamina con su sistema de cómputo que provoca no sólo ciudadanos vencedores y derrotados, sino además, estados victoriosos y vencidos. Esa es la verdadera ecuación de los resultados, porque no sólo ganaron los demócratas y perdieron los republicanos, sino que, más allá de ello, vencieron California y Nueva York, mientras que Texas y Florida fueron vencidos.
La mitad victoriosa, sentirá soberbias sobre los vencidos. La mitad derrotada, quedará aprisionada dentro de un país en el que ya no quieren permanecer porque no les gustará del todo. Lo que sucede es que la nación que le confiaron al nuevo presidente ya se ha acabado. Ese país suyo, ya concluyó y habrá que reinventarlo. Habrá que fundar una nueva nación más unida, más vigorosa y más noble.
Esto hace que el espacio de maniobra del nuevo presidente se vuelva muy estrecho, muy incómodo y muy complicado. Sin embargo, su discurso posicional comenzó pleno de razón y de inteligencia, invocando a la unión como una razón suprema de su nación y como un propósito esencial de su gobierno.
El resultado electoral facilita las posibilidades de una necesaria regeneración de sus grandes partidos políticos, debido al desplazamiento de líderes de avanzada edad. Donald Trump era un estorbo para el reacomodo de los nuevos cuadros republicanos y Joseph Biden será transitorio, con lo que se facilitará la recomposición de los nuevos cuadros demócratas.
Los Estados Unidos tienen una gran oportunidad. La de mirar hacia adelante y no ver hacia atrás. La de utilizar a sus vigías de proa y no a sus vigías de popa. Los que ven lo que va a pasar y no lo que ya pasó. Porque a los presidentes y a los almirantes de nada les sirve ver solamente lo ya pasado, bien sea de lo bueno, pero que solamente sirve para el dolor y la añoranza, o bien sea de lo malo, que tan sólo sirve para el rencor y la venganza.
Los verdaderos vigías de los gobiernos y de los navíos son aquellos a los que no les asusta subir al mástil para ver más lejos y que, una vez allí instalados, no se marean por la altura y no se embriagan por el bamboleo. Ellos son los que divisan más lejos que los demás. Los que ven hasta donde los demás no pueden ver. Los que, al observar, al interpretar y al avisar, se convierten en los verdaderos centinelas de las naciones o de las flotas.
Son los que nos advierten que viene la tempestad, el iceberg, el rayo, el huracán, la colisión, el bucanero o el enemigo. Que hay que prepararse para trabajar o para combatir, para exigir o para servir, para ordenar o para obedecer, para ganar o para perder, para matar o para morir.
Son los privilegiados que pueden saber lo que va a pasar antes de que pase. Pero no por adivinación, ni por presentimiento, ni por profecía. Simplemente, porque tienen la vista para ver todo lo que pasa, porque tienen la visión para ver todo lo que va a pasar y porque tienen la videncia para ver todo lo que los demás no podrían ver.
Estos son los elegidos que nos indican el rumbo y el porvenir. Los que, como Rodrigo de Triana, en medio del mar de nuestra desventura, un buen día de nuestra ventura pueden gritar: ¡Tierra!… ¡Tierra!
Sin estos vigías, veedores, visionarios y videntes, los pueblos y las naves están a merced del acaso. Sólo navegarán por albur y arribarán por casualidad, pero nunca sabrán la auténtica razón de su arribo o la verdadera causa de su naufragio.

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