Uso de Razón

Por Pablo Hiriart

Se equivocaron otra vez

Cuando el presidente López Obrador acudió a la Casa Blanca, en plena campaña, a dar las gracias a Donald Trump por “el trato respetuoso” a México y a los mexicanos, muchos lo atribuyeron a su ‘pragmatismo’.

De nueva cuenta, como ha venido sucediendo desde hace más de tres décadas, se equivocaron con el personaje.

La negativa a felicitar al ganador de las elecciones en Estados Unidos, Joe Biden, ¿también es pragmatismo?

La apuesta y el corazón del presidente de México estaban con Donald Trump, y eso no debe extrañar a nadie.

Ambos son populistas y autoritarios. Uno estatista, plutócrata el otro.

Los hermana una afinidad superior. Tienen enemigos comunes: el que piensa diferente. El que ejerce su derecho a dar una opinión propia. El Estado de derecho. La ciencia. El subordinado que piensa por sí mismo.

Ninguno de los dos se conforma con la disciplina en sus equipos de trabajo. Exigen obediencia ciega y creen que pueden gobernar solos.

Con Trump, AMLO tenía un aliado poderoso y lo perdió. No aceptó la evidencia, como le ha ocurrido en otras ocasiones en que la realidad lo ha golpeado de manera similar.

No sólo se cayó la reelección de Donald Trump la semana pasada.

Los aliados incondicionales (perdón por el pleonasmo) del Presidente lo van a justificar de cualquier forma.

Lo han hecho con la niñería de que aún no hay resultados oficiales, cuando los conteos son estatales y Biden rebasó desde el sábado los 270 votos electorales que se necesitan para ganar la presidencia.

El presidente López Obrador fue el único mandatario en el mundo que asumió la posibilidad de un fraude contra Trump. Es decir, cometido por Biden.

Su fervor trumpista es genuino y con los hechos desmintió, por enésima vez en 32 años, a quienes de pronto lo cuestionan, pero votan por él pues le conceden la virtud de político humanista.

Los hechos son los hechos, y lo que se ve no se juzga.

En los hechos, nuestro Presidente le dio la espalda al candidato ganador, que se comprometió a legalizar a 11 millones de ilegales, en su mayoría mexicanos.

Y respaldó al que se comprometió a expulsarlos.

Rechazó felicitar al triunfador de las elecciones en Estados Unidos, que ha dicho que no permitirá la deportación de millones de dreamers, en su mayoría mexicanos.

“Es inhumano expulsar a esos jóvenes a un país que ni siquiera conocen, pues llegaron con sus padres cuando eran niños”, le dijo Biden a Trump en el último debate.

Nuestro Presidente se puso del lado de Trump, que ha insistido con afanosa terquedad para sacar a esos jóvenes de un territorio que también es de ellos.

Apoyó al que durante dos años quitó a niños de la mano de sus padres y los encerró en jaulas, para escarnio de otros que quisieran cruzar la frontera ilegalmente.

Se equivocaron, otra vez, los críticos que le conceden el beneficio de la duda a López Obrador.

Para explicar su negativa a felicitar al ganador, que venció a su candidato, dijo que cuando “nos robaron una de las veces la presidencia, todavía no había un cómputo legal y el presidente de España ya estaba felicitando a Calderón, una imprudencia”.

No fue así. El primero en declararse ganador antes del “cómputo legal”, la misma noche de la elección, antes de que se contaran todos los votos, fue él.

Lo mismo hizo Trump la noche histórica del 3 de noviembre.

Igual que López Obrador, acusó de fraude al vencedor y dijo que le estaban arrebatando el triunfo por las malas.

Afortunadamente para México, Biden es un político profesional y con experiencia, por lo que no se prevén pleitos graves entre los dos países vecinos.

Habrá, eso sí, una agenda bilateral más rica, amplia y exigente, que únicamente la migración.

Para afinar esa agenda de temas de interés común, hemos perdido un tiempo que es valioso.

Mientras el canadiense Trudeau ya conversó telefónicamente con Biden, nuestro presidente se desgasta con temas irrelevantes, como “no vamos a ir a la cargada”, o “nosotros padecimos mucho las cargadas cuando nos robaron, una de las veces, la presidencia”.

La responsabilidad de conducir los destinos de México debe estar por encima de las filias del Presidente.

Pero pedir eso, que parecería una obviedad, también es pedir un imposible.

Aviso: Nos volvemos a encontrar el viernes en este espacio. De nuevo, desde Miami.

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