Juegos de poder

Por Leo Zuckermann

México, una casa dividida

No es nada agradable visitar una casa dividida y conflictiva. Cuando el padre y la madre se la pasan intercambiando dardos de agresiones verbales. Cuando los hermanos no se hablan entre ellos. Nada bueno puede salir de un hogar así de confrontado.
Lo mismo ocurre en un país al perderse la cooperación, el respeto y el diálogo entre ricos, pobres y clases medias; o entre los del norte, centro y sur; o los que tienen religiones e ideologías distintas.
Es una obviedad decirlo, pero la división divide, al punto en que, como en un hogar, no queda otra cosa más que la disolución de esa comunidad por el bien de todos los individuos que la conforman.
Y no es que yo esté en contra de las divisiones. Lo preocupante son las divisiones extremas.
El otro lado de la moneda de la división extrema es la unidad anodina donde todos los que conforman una sociedad son soldaditos que piensan igual, sin capacidad crítica de cuestionar la realidad en la que viven.
Si me permiten la analogía, esto es como escuchar una gran pieza de música. Si se pone a todo volumen se vuelve insoportable para el buen oído. Si se silencia por completo, no se escucha nada. Aquí el tema es modular para conseguir el volumen óptimo en que se pueda disfrutar la pieza. Lo mismo pasa con una sociedad: hay que encontrar el rango constructivo entre unidad y división.
En México, todos los días se promueve la división desde el púlpito presidencial. El mundo del presidente Andrés Manuel López Obrador es binario. Hay buenos y malos, amigos y enemigos, liberales y conservadores, honestos y corruptos, pobres y ricos, leales y traidores. Él mismo ha dicho que no caben las medias tintas. O se está con él o en contra. Un maniqueísmo simplón y peligroso.
En este sentido, AMLO se inscribe en la fórmula populista de polarización que ha sido tan exitosa en años recientes en todo el mundo. El problema es que, insisto, las divisiones sí dividen.
Y las peleas comienzan a multiplicarse. Un ejemplo es el reciente enfrentamiento del Presidente con varios gobernadores de oposición. Como bien ha recordado Héctor Aguilar Camín, México tiene una larga historia de conflictos entre regionalismo y centralismo. Conflictos de los que no nos acordábamos porque se había logrado apaciguar con un arreglo fiscal y político entre Federación y estados.
Sin embargo, en estos tiempos de división, resurge esta vieja disputa.
En su afán de centralizar el poder, el Presidente les está quitando dinero y atribuciones a los gobernadores. Éstos, naturalmente, están reaccionando.
El asunto ha escalado al punto de que algunos anuncian la posibilidad de salirse del pacto fiscal existente. Ya en un plano de fanatismo, algunas voces hablan de abandonar la Federación. Este tipo de divisiones son las que abonaron el terreno para que México perdiera más de la mitad de su territorio en el siglo XIX.
Divide y vencerás, reza la vieja conseja política, porque la división puede irse de las manos. Ahora resulta que en México podrían aparecer fuerzas de separatismo regional como en Cataluña o Escocia. Ridículo. Pero eso pasa, insisto, cuando las tensiones van creciendo en una casa cada vez más dividida.
Qué bueno que en México existan diferencias ideológicas, regionales, religiosas, raciales y culturales. Incluso económicas, no desde luego como las actuales. El problema es, como mencioné, de modulación. Llevadas al extremo, las divisiones acaban por hacer imposible la cooperación y convivencia de los individuos en una comunidad.
Cuidado porque ahí puede acabar el proyecto de la llamada Cuarta Transformación. Si se pasa de volumen, podría hacer de México una casa invivible. Llena de conflictos insoportables por todos lados.
Vamos a ver qué pasa. Pero si Trump efectivamente pierde, será un duro golpe para los políticos polarizadores, como López Obrador, que tanto éxito han tenido estos años. Será una muestra de que los habitantes de un país se cansan de tantas peleas y llega el momento en el que demandan paz en el hogar.

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