Cuando alarma suena crece terror… y Covid

Cuatro veces sonó la alarma, cuatro en un espacio de apenas 50 minutos. El sonido, ya conocido por todo el personal, indica que un paciente está siendo trasladado del área de urgencias Covid, a uno de los pisos pues su salud no ha mejorado. En estos mismos 50 minutos llegaron 3 nuevos pacientes con complicaciones por contagio.

El área que por tradición atendía las emergencias en el Hospital General de Zona número 7, ahora es solo para urgencias Covid y aunque ahí siempre ha acechado la muerte, ahora lo hace de una forma nueva.

El Covid, es tan peligroso que se ha reservado un área exclusiva para atender a quienes son tocados por él, para evitar que se siga propagando con un estornudo, una tos, o simplemente al hablar.

Aunque de acuerdo a la información que desde el inicio han dado a conocer los expertos, los efectos de la enfermedad no son particularmente graves, ya que de hecho el 90 por ciento de los infectados, se curan sin requerir tratamiento, cuidados intensivos u hospitalización.

La peligrosidad del coronavirus, radica en que es tan contagioso, que puede saturar los servicios de salud de cualquier país, tal como lo han advertido infinidad de ocasiones los médicos, ahí radica su peligrosidad.

Y también en el hecho de que, aunque solo un diez por ciento presente síntomas graves, éstos pueden llegar a la muerte y ese diez por ciento no es un número, es un padre o una madre, un hijo o hermano, esposo o esposa, o mejor amigo de alguien.

Esas personas son mucho para algunos, quizá lo son todo y  la situación empeora cuando el virus se lleva a más de uno de la misma familia. Lamentables historias que ya existen en esta región.

En Monclova, ese temor está más latente que nunca, ni siquiera al inicio de la pandemia se vivió como ahora.

Inicialmente se abrió un piso, el famoso piso Covid, mismo que al llenarse, propició la apertura de otro piso más y ahora a 7 meses de la llegada de este virus a Monclova, ya se adecuó el último piso disponible del bloque B de la clínica 7 del IMSS.

Muchos llegan a pedir informes de sus familiares, otros acuden al triage respiratorio, (instalado junto a la sala de espera), lo hacen para adquirir placas de tórax, por presentar síntomas de la enfermedad.

ENEMIGO INVISIBLE

En ese espacio predomina la tos, tos apretada y constante, la gente que acude por radiografía, en verdad tiene motivos para sospechar de haber sido tocada por el virus. Al salir, caminan con rapidez con la cabeza gacha y radiografía en mano, como si el alejarse pronto del lugar, los librara del invisible enemigo.

Llama particularmente la atención la presencia de dos mujeres, lloran, una de ellas habla muy fuerte pero aun así, es inaudible lo que dice, pues elementos de la Guardia Nacional han solicitado a La Prensa, permanezca a cierta distancia de la entrada.

Junto a la entrada de urgencias, así como en las escaleras que dirigen hacia esa área, personal de mantenimiento pinta paredes y barandales.

Acostumbrados ya a lo que sucede a su alrededor, solo voltean de vez en cuando a ver a las mujeres que lloran, estiran un poco el cuello, intentando distinguir a lo lejos, y de inmediato continúan en lo suyo.

“A nosotros nos ha ido bien, pero a muchos compañeros no, a algunos nos traen solo afuera de urgencias o en el otro bloque, pero a otros que les dieron bono, esos si tienen que entrar a esta área” dicen.

El movimiento estaba al interior del hospital, afuera parecía tranquilo, pero es cuestión de instantes para que se presente una emergencia y así fue.

Llegó una camioneta pick up color plata, en la caja llevaba un tanque de oxígeno y en el interior aguardaba un varón, quien debió esperar algunos minutos para que personal del IMSS acudiera con una silla de ruedas y poder trasladarlo.

A los pocos minutos, llegó una ambulancia a sirena abierta, los presentes se hacen a un lado para abrir paso al personal y al paciente.

PARECE FICCIÓN, PERO ES LA CRUEL REALIDAD

Como salidos de una película, aparecen dos elementos ataviados con sus trajes de protección blancos, cubiertos de pies a cabeza, sin olvidar, cubrebocas y careta y de inmediato baja en la camilla al paciente.

Casi inmediatamente detrás de él aparece una segunda ambulancia, aunque esta llega silenciosa, sin dar mayor aviso. Se estaciona detrás de la primera y de igual manera, dos elementos de salud, proceden a bajar a una mujer en silla de ruedas, también asistida por un  tanque de oxígeno.

Minutos más tarde, llega una camioneta cerrada en color guinda, pero ésta vez, la presencia se debe a un buen motivo, acude por una mujer que acaba de ser dada de alta. Salen con pocas pertenencias, pero la tos sigue presente.

Los puestos de comida, instalados por décadas junto a Urgencias, siempre abarrotados con la antojadiza muchedumbre, lucían solos, y a decir de la señora Mary, quien atiende ahí desde hace 35 años, así ha permanecido desde que les permitieron reabrir.

Durante la visita al hospital, no presenciamos la llegada de ningún vehículo funerario, que seguramente también se deben de ver diariamente, puesto que los fallecimientos están ocurriendo a diario.

“Si, cada vez que suben a un paciente a piso, se activa la alarma para dejar libre el elevador y el pasillo y para que el personal de piso esté enterado que va el paciente previamente comentado”.

Cuatro, en 50 minutos subieron, otros cuatro.

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