Opinión

Por Arturo Sarukhán

Con un ojo en el retrovisor y el otro hacia el frente

En el último debate, Donald Trump soltó otra más de sus típicas expresiones, un menjurje de su inopia intelectual y su xenofobia. Aparentemente pretendía hacer referencia a la situación prevaleciente en el país antes de la pandemia, y lanzó un “antes de que llegara la plaga”, en clara alusión a lo que él ha llamado el “virus chino”. Además de la mofa generalizada, proveyó el encuadre ideal para esta columna, la última que escribo —con inquietud y con el fantasma del 2016— cara a los comicios estadounidenses en seis días.
Con la plaga para la democracia que Trump ha encarnado, ¿podremos volver a la normalidad alguna vez? ¿O ha cambiado éste de manera permanente la vida política de Estados Unidos? En un mundo normal, todo candidato presidencial se vería obligado a divulgar sus declaraciones de impuestos. Un presidente normal no rompería normas y principios democráticos torales, como lo hizo Trump cuando se negó a decir que aceptaría los resultados de las elecciones o que no se comprometería a una transferencia pacífica del poder; tampoco se dedicaría a alimentar la polarización o a grupos y milicias supremacistas blancas. Mentir tampoco jugaría un papel en una presidencia mínimamente normal.
En su conteo más reciente, el Washington Post observó que durante su gestión, el presidente ha hecho más de 20 mil declaraciones falsas o engañosas. Solamente en el transcurso de la semana del último debate con Joe Biden, el verificador de datos de CNN registró la friolera de 66 mentiras pronunciadas por Trump, y en la entrevista en el programa de ‘60 Minutes’ el domingo, el mandatario hizo 16 aseveraciones falaces.
Un presidente normal recurriría a la empatía de vez en cuando, pero Trump es congénitamente incapaz de sentirla, sobre todo por las más de 200 mil personas que han muerto de Covid-19 en su país. Y será difícil encontrar un presidente normal que jamás haya desarrollado planes de política pública para tema alguno, incluyendo para una pandemia que ha asolado económica y epidemiológicamente a su nación. Un presidente normal tendría alternativas de legislación antes de querer borrar y revocar sin ton ni son —y motivado por tirria— políticas, leyes y programas de su predecesor.
Un presidente normal probablemente no estaría enamorado de una cofradía de líderes autoritarios en el mundo y se abstendría de insultar a sus aliados y socios. Un presidente normal no habría retirado a EU de múltiples acuerdos internacionales como el Acuerdo de París o de organismos multilaterales como la OMS en medio de una pandemia global. Un presidente normal no alabaría a sus fuerzas armadas en público para luego insultarlas en privado. Un presidente normal no estaría obsesionado con compararse con Lincoln o Churchill, buscando con ello desviar la atención de su racismo y su vandalismo diplomático.
Estados Unidos en 2020 es un país que ansía la normalidad, tanto en su vida cotidiana, transformada por la pandemia, como en la política, turbocargada por el nihilismo de Trump. Y muchos ansiamos un Verdún, un “no pasarán”, una primera derrota que como pieza de dominó empiece a revertir —o por lo menos a neutralizar— la ola de populistas, demagogos y chovinistas en otras regiones del mundo. El próximo martes determinará algunas respuestas a las interrogantes planteadas aquí y que son y serán cruciales para la democracia estadounidense y la democracia liberal en el resto del mundo.

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