Abarrotan iglesia de San Hipólito

Una promesa, la tradición de ir a rezar cada año o… la fe ciega pese a la pandemia.

Los motivos variaron, pero, en pleno semáforo naranja por el Covid-19, miles de personas abarrotaron los alrededores del templo San Hipólito que, ante tal desbordamiento, tuvo que abrir sus puertas para dejar entrar a los creyentes.

Con o sin cubrebocas, algunos vestidos de San Judas Tadeo. Solos, en familia o hasta en grupos grandes, feligreses hicieron fila de hasta dos horas para entrar al templo.

De acuerdo con las autoridades capitalinas, en su último corte, al recinto ingresaron 4 mil 300 personas. En tanto, el despliegue operativo incluyó a 151 policías.

“¡Avancen, no pueden quedarse en un sólo espacio!”, gritaban elementos de Tránsito sobre Avenida Hidalgo, frente a la entrada principal del recinto, mientras algunos feligreses se detenían a santiguarse o persignarse.

Cargados con las imágenes del santo de su devoción, con rosarios y niños en brazos, los creyentes avanzaban, entre coches y el Metrobús.

Sobre la banqueta, a ratos, marchaba una hilera de 30 personas que entraban por una puerta de metal, improvisada en la esquina de Héroes, para entrar al templo, en el cual podían permanecer sólo cinco minutos.

Ahí terminaba la fila, y a su vez empezaban las aglomeraciones. Creyentes, vendedores de imágenes, comerciantes de tamales. Todos se mezclaban en una imagen que desbordaba personas por todas partes, difícil de controlar para las autoridades.

“¡Lleve su imagen de San Juditas, treinta pesos cada una!”, gritaba un hombre con el cubrebocas en el cuello, esparciendo partículas de saliva a su paso.

“¡Rosarios, tenemos rosarios!”, ofrecía otro hombre que cargaba collares enormes de madera, unidos como en una gran trenza. Vendía su producto mientras a ratos se bajaba la mascarilla.

Y las hileras de personas se desordenaban a ratos, rompiéndose en tres o cuatro filas que nadie controlaba ni ordenaba. Un pequeño caos de gente amontonada que seguía hasta la calle San Fernando.

Ahí, Esmeralda Sosa hacía fila.

“Cada año venimos toda la familia, nos vestimos de San Judas, pero este año por la pandemia pude venir sólo yo, en representación de todos, no traje ni limosna, por que la situación no está muy bien”, dijo Esmeralda con un tono de tristeza en la mirada y en la voz, mientras compra una estampa de 10 pesos, con una oración detrás.

“No es que como nos gustaría, pero la fe es la que nos trae hasta aquí, con o sin pandemia”, contó.

Y parece que Esmeralda habla por los cientos de personas que se aglomeran a su alrededor, por la peregrinación que viene en Paseo de la Reforma, echando cohetes y sin cubrebocas.

Por Felipa, quien acudió con su esposo y su nieta.

“No podíamos romper la tradición. Hicimos una promesa a San Judas, y no le podíamos fallar, por eso aquí estamos”, asegura Felipa, mientras hace fila.

Detrás de esa tradición está una fe que impide ver a los feligreses que este año celebran a su santo en medio de una pandemia, en una Ciudad con cifras en aumento de contagios y muertos… como en el resto del mundo.

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