Uso de Razón

Por Pablo Hiriart

Alerta de tsunami electoral en Estados Unidos

MIAMI, Florida.- Nadie tiene una bola de cristal para predecir el resultado de las elecciones que habrá en dos semanas, pero las señales son de un tsunami contra la polarización, el odio, el populismo y la mentira.

Los demócratas apuntan para llevarse la presidencia, el Senado y la Cámara de Representantes. Trifecta.

Desde los años 30 del siglo pasado, un candidato opositor no tenía la ventaja que hoy lleva Biden sobre el presidente.

El martes 3 [de noviembre] estarán en juego 35 senadurías, de las cuales 23 son ocupadas por republicanos. Con arrebatarles cuatro de ellas, los demócratas tendrán el control de la Cámara alta.

Para ninguna democracia es sano que un partido se lleve todo, pero la ola azul que se ve venir tiene su origen en el rechazo de la mayoría de los estadounidenses a la confrontación.

Este país va por mal camino, y sus ciudadanos lo han percibido.

Su hartazgo con el racismo no es un reclamo ‘de los negros’, sino de la mayoría pluriétnica, incluidos muchísimos republicanos.

Hace un par de semanas el senador por Georgia, David Perdue, en un mitin en favor de Trump se burló del nombre de Kamala Harris. Micrófono en mano comenzó a decir “Ka-ma-la-ma-la-ka… no sé qué sea eso”, mientras hacía pausas para reír.

La respuesta fue impresionante: de golpe, el retador demócrata –Jon Ossoff– recibió un millón 800 mil dólares en donativos que no provenían de una o diez personas, sino de 60 mil.

Hay una avalancha de aportaciones a los candidatos demócratas al Senado, que no tiene parangón.

Los retadores demócratas están recibiendo hasta más del cuádruple de dinero que los senadores republicanos que luchan por reelegirse, de acuerdo con un preciso recuento de lo ingresado por candidatos que publicó The Washington Post el fin de semana.

No hay espacio para publicarlos todos, pero ilustramos con tres casos emblemáticos. En el último trimestre, la aspirante demócrata por Maine, Sara Gideon, recolectó 39.4 millones de dólares, mientras su contrincante, la actual senadora republicana, Susan Collins (proclive a QAnon) obtuvo 8.3 millones de dólares.

En el republicano estado de Iowa, la demócrata Theresa Greenfield recibió 28.7 millones de dólares en donativos, contra 7.2 del actual senador republicano Joni Ernst.

O en el archirrepublicano Alaska, el independiente Al Gross (quien ha dicho que se unirá al bloque demócrata) recibió donaciones por 9.5 millones de dólares, mientras el senador republicano que defiende su escaño sólo consiguió 1.7 millones de dólares.

Lo mismo sucede en Carolina del Norte, Carolina del Sur, Mississippi, Georgia, Kansas, Arizona, Montana e incluso Texas. Todos republicanos, y en todos la lucha es cerrada.

Y no es sólo el dinero en aportaciones (que no es poca cosa) y las encuestas, sino de manera impresionante el fervor cívico que se ha volcado, como nunca antes en la historia de este país, a los buzones de votación anticipada.

Más de quince millones de personas ya habían votado el fin de semana, tras hacer filas de hasta nueve horas, de pie, con sillas plegables, paraguas, todo lo que sea necesario con tal de votar.

Son las señales de un tsunami contra la polarización y la irresponsabilidad populista.

Ninguna explicación ha habido al hecho de que este país, el más avanzado del mundo, tenga 20 por ciento de los muertos por Covid con sólo 4 por ciento de la población mundial.

El mal manejo de la pandemia tiró la economía: doce millones de desempleados, en la recesión más profunda en cien años.

Tan sólo la semana del 5 al 11 de octubre, de acuerdo con cifras del Departamento del Trabajo, 886 mil personas solicitaron ayuda por desempleo (9.5 por ciento más que la semana precedente).

Ocho millones de estadounidenses pasaron a las filas de la pobreza a partir de mayo, cuando se acabó la ayuda federal.

Y lo peor de todo, el odio y la polarización generados por el discurso presidencial tardarán años en sanar.

Aunque se vaya Trump, el odio dejará su huella.

Dos semanas faltan para la cita con la verdad.

Dos semanas para empezar a reconstruir el alma de este país.

Como lo expuso el espléndido artículo de Roger Cohen la semana pasada en The New York Times:

“Ha sido un camino largo y difícil para estas elecciones. Veo el terror en el rostro de los migrantes atormentados en la frontera mexicana. Y rostros llenos de odio: los de los nacionalistas blancos de Charlottesville que gritan ‘los judíos no nos reemplazarán’”.

Concluye: “Estados Unidos decidirá si opta por el futuro, o se adentra autodestructivamente en alguna fantasía retorcida del pasado”.

No hay bola de cristal para saberlo, pero las señales son de un tsunami contra la polarización y la insensatez.

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