Nadando entre tiburones

Por Víctor Beltri

Atole con el gran dedo

Quien tenga ojos, que vea. ¿Para qué quiere tanto poder el Presidente?, preguntábamos —apenas— la semana pasada. Una cuestión —vale la pena insistir— que no es trivial, y de cuya respuesta depende no sólo la comprensión cabal de lo que estamos viviendo, sino de aquello que está por venir: es preciso, por tanto, entenderlo.
¿Para qué tanto poder? ¿Cuáles son las intenciones del titular del Ejecutivo? ¿Qué es lo que sigue en la agenda de una persona que —por fin— ha conseguido lo que quería, pero que ve comprometido lo que pretende dejar como su propio legado? ¿Qué sigue, para quien llegó a la Presidencia con un porcentaje inaudito y que, a pesar de todas las vicisitudes que ha enfrentado, ha sido capaz de mantener —e incrementar incluso— su popularidad entre la población?
El Presidente sigue moviendo sus fichas, y comienza a develar el juego previsto para contrarrestar a quienes pudieran interponerse en sus planes, cualesquiera que fueren. La oposición formal —pequeña y desarticulada— se cuida sola en sus luchas intestinas, mientras que su propio partido se arrebata —a dentelladas— el poder que les desprende, con la esperanza de poder conservarlo —para sus mismos grupos— hasta la próxima elección.
¿Y entonces, qué? ¿Quiénes? ¿A quién dejarle el poder? ¿A los dogmáticos, cercanos —por su edad y procedencia— a la izquierda setentera, a la que pertenece? ¿A los pragmáticos, estancados en la resolución de un Muro de Berlín que cayó hace treinta años, que siguen lamentando día con día? ¿A los progresistas, que buscan una igualdad en la que nunca han creído? ¿A quién?
¿A quién, de verdad? El Presidente no está formando a un sucesor confiable —capaz de continuar con su ideario— pero tampoco está construyendo las bases de un partido hegemónico que pudiera continuar con su propia obra. Antes bien, lo está desmantelando: a dos años de distancia, y de cara a los retos que la administración actual enfrenta, el gobierno en funciones parece estar más empeñado en la demolición de su propio partido que en la disolución de los esfuerzos de quienes pretenden defenestrarlo —con casas de campaña vacías— desde la plaza que fuera el escenario de sus anteriores victorias.
Un territorio que el candidato podría haber conocido de sobra, pero que —en las circunstancias actuales— es ignoto para cualquier presidente de la República. Morena, como movimiento, fue capaz de aglutinar a quienes —sin mayor afinidad— se oponían al régimen anterior; Morena, como partido, no ha sido capaz de consolidar la visión del Presidente, y no ha logrado ser más que una fuente constante de escándalos que terminan por perjudicar al titular del Ejecutivo. Morena es —sin duda y ante la falta de contrapesos— el mayor lastre de la administración actual.
Una administración que hoy —y tras las acusaciones del gobierno norteamericano— tiene, cada vez, un margen de acción que se reduce en lo operativo, mientras que se incrementa en lo político. Quien tenga oídos —también— que escuche: México ha pasado, de ser un aliado confiable en el concierto internacional, a convertirse en el último bastión del Foro de Sao Paulo.
El poder no dura para siempre: baste el ejemplo de quien, en otros tiempos, se consideraba —y era— todopoderoso como secretario de Defensa. El poder no dura para siempre, y las condecoraciones —y reconocimientos— de otros países no son suficientes para asumir la conducta responsable de quien ejecuta las órdenes. La economía se desploma, la inseguridad se agudiza, la ciudadanía se decepciona: perdidos en sus cortas miras —como decíamos la semana pasada— quienes le hacen el caldo gordo al Presidente no ven más allá de sus ambiciones temporales, pensando que en algún momento llegará su turno. ¿Cuántos votantes de Morena se irán por los partidos afines? ¿Cuántos votantes de la oposición se irán por los partidos afines a Morena?
Quien tenga oídos que escuche, también. ¿Para qué quiere tanto poder?

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