Bitácora del director

Por Pascal Beltrán del Río

Soberón y soberbión

Como se hace con los boxeadores a los que están dando una paliza en el ring, el presidente de la Comisión de Salud del Senado, el morenista Miguel Ángel Navarro, tiró la toalla y suspendió la comparecencia en la que participaba el subsecretario Hugo López-Gatell, el lunes pasado.
Sólo así paró la exhibida de la que era objeto el funcionario a manos de senadoras de oposición.
Incapaz de responder a cuestionamientos como el que le hizo Lilly Téllez, quien preguntó por el impacto que tuvo el que hayan mandado a su casa a 270 mil personas con síntomas de covid-19 –antes de que se cambiara la metodología de diagnóstico–, López-Gatell no tuvo otra que alzar las cejas y, horas después, lamerse las heridas diciendo que quienes lo impugnan perciben una realidad que se contrapone con sus expectativas.
“Identificamos todavía a un pequeño grupo de senadores y senadoras que no solamente son pequeños en número, sino representan a una minoría social. Es ésta a la que nos hemos referido en varias ocasiones, que pareciera estar encapsulada en una serie de ideas fijas que se armó desde el inicio de la epidemia y no sale de ellas, y que está empeñada en mantener la misma versión”.
Incapaz de recetarse un miligramo de autocrítica, indolente ante los 85 mil muertos (oficialmente reconocidos) que ha dejado la enfermedad en México, López-Gatell continuó: “Hemos buscado un poco explicaciones a este fenómeno, con el mejor ánimo de buscar cómo hacerles llegar, quizá, elementos de información que les ayuden a salir de ese enclaustramiento en el que se encuentra. Uno de los elementos que habíamos identificado es el proceso de duelo. Otro fenómeno de la mente humana es la disonancia cognitiva”. Es decir, a juicio de López-Gatell, todo aquel que discrepe de una estrategia que tiene a México entre los 11 primeros países y territorios donde el coronavirus ha causado el mayor número de muertes por millón de habitantes ‒de un total de 216‒ sufre de tensión sicológica y, como resultado de ellos se niega a creer que todo está en orden.
Insuflado de suficiencia por los apapachos presidenciales –que le producen encendidos sonrojos y le arrancan enormes sonrisas–, López-Gatell fue capaz de decir en la comparecencia que tienen razón quienes lo acusan de cumplir la voluntad del Presidente, porque éstos son los deseos “del pueblo”.
Palabras, éstas, dignas de quien enaltece y justifica el autoritarismo, pues no ha nacido un Presidente de México –y seguramente de ningún país del mundo– que represente el sentir de todos sus habitantes y no requiera de ser sometido a la rendición de cuentas. Pero así es la demagogia en los tiempos de la llamada Cuarta Transformación.
López-Gatell es el funcionario que ha dejado sin abrir el sobre en el que un grupo de exsecretarios de Salud le hizo llegar una serie de recomendaciones para enfrentar la pandemia.
Uno de ellos, don Guillermo Soberón Acevedo, falleció apenas esta semana y ya ha sido objeto de merecidos homenajes. Para quienes no tienen en mente las vastísimas aportaciones que hizo al país el exrector de la UNAM y exsecretario del país –como la elevación a rango constitucional del derecho a la salud y la creación del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias–, no tiene sino que leer los magníficos textos escritos por Leticia Robles de la Rosa y Laura Toribio, reporteras de Excélsior.
La muerte de este gigante ha subrayado la pequeñez de López-Gatell. Nunca nadie dirá de él lo que se dice de Soberón. Si acaso alguien lo recuerda en el futuro será por haber subestimado el daño que podía provocar a los mexicanos la pandemia y por su inconmensurable soberbia.

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