Uso de Razón

Por Pablo Hiriart

Un golpe de Trump es posible

MIAMI, Flo-rida.- Entre las plumas más lúcidas de este país reina una sobrada confianza en que el presidente Donald Trump, en caso de perder, entregará el mando sin sobresaltos pues no tiene en qué sustentar una resistencia que desafíe a las instituciones de Estados Unidos.
Ojalá tengan razón, pero están minimizando a Trump… por tercera vez.
Se repite la historia de 2016.
Primero, falta que pierda. En un golpe de suerte (y de desgracia para el mundo), les puede ganar por las buenas por el simple hecho de que aún está en el ring.
Decían que no tenía cómo ganar la presidencia en un país que jamás daría un salto atrás, como el que significaría un triunfo del xenófobo y estrafalario magnate neoyorquino.
Se equivocaron con Trump, y les ganó.
Aseguraban que no tenía posibilidad alguna de lograr la candidatura republicana ante personalidades tan fuertes como Jeff Bush o Ted Cruz.
Se los comió vivos, a ellos y a seis más.
Ahora los argumentos para sostener que “no habrá golpe de Trump” están muy bien sustentados. Impecables. Como en 2016.
Quien mejor lo ha explicado –de los que he podido leer– es Ross Douthat, autor de La sociedad decadente, quien publicó este domingo en The New York Times, con el título –precisamente– “No habrá golpe de Trump”, una magnífica argumentación.
Sostiene que, a diferencia de otros populistas autoritarios, Trump carece de condiciones para dar un zarpazo porque:
-No tiene habilidad política.
-No tiene el control de los medios de comunicación.
-No es líder de masas.
-Tiene a los grupos extremistas de su lado, pero las calles son “del anti-Trump”.
-El FBI y la CIA han chocado abiertamente con él.
-La Corte –incluso los ministros afines a Trump– ha fallado en contra suya en distintas ocasiones, y juristas como John Roberts (el Arturo Zaldívar de acá) no se pondría de su lado en un momento crucial, dados los excesos del presidente.
Ojalá tenga razón y así ocurra en caso de que Trump pierda, pero:
Trump ha dicho que en la votación por correo se cometerá un fraude, que él no va a aceptar, por lo que habrá litigio postelectoral: 40 por ciento del electorado votará por correo, 22 por ciento en una boleta en un buzón designado, y sólo 37 por ciento lo hará personalmente (encuesta del sábado The Washington Post/ABC News)
Si el presidente se declara ganador esa noche sobre la base de 37 por ciento de votos emitidos, que son los que él va a reconocer, ¿quién lo frena?
El Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas y presidente de la República seguirá siendo Trump, legalmente, por dos meses y medio después de las elecciones.
Tiene y tendrá todos los botones de mando de un jefe del Ejecutivo, y con uno que apriete pone al país en situación de crisis.
De acuerdo, en esta Corte hay afinidades ideológicas, pero no patiños del presidente. ¿Y? El problema va a estar en la calle.
La calle “es anti-Trump”, cierto, pero cerca de 200 milicias armadas con decenas o cientos de miles de integrantes con fusiles de alto poder, grados y entrenamiento para “entrar en acción”, es garantía de disturbios violentos, con sangre y muertos. ¿Cuántos?
Si Trump los llama a no dejarse arrebatar el poder mediante el fraude, van a salir. ¿No todos? Supongamos que sólo salgan a la calle 30 por ciento, o 20, ¿quién para eso?
“La Guardia Nacional”, se dice.
¿Y quién es y será el jefe de la Guardia Nacional hasta el 20 de enero? Donald Trump.
O sea, ¿Trump mandaría a la Guardia Nacional a reprimir a los grupos armados que él convoca a salir para frenar ‘el fraude’?
Más fino aún: el Ejército se insubordina, desconoce a su Comandante Supremo, y acude a poner orden y desarmar a las milicias. Con eso se rompe el orden constitucional. Y, ¿cuántos muertos?
Los grupos paramilitares están compuestos por fanáticos que sueñan con el día en que puedan usar sus rifles contra enemigos de verdad. Lo han dicho: “usted nada más ordene, presidente Trump”.
Están absolutamente fanatizados y chiflados. Son miles y miles.
Apenas este jueves el FBI detuvo a 13 integrantes de un grupo extremista que iba a secuestrar, enjuiciar y matar a la gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer.
¿Por qué? La iban a secuestrar, enjuiciar y matar porque esta santa señora impuso multas a los que no usan cubrebocas, ordenó pruebas masivas de Covid y confinamiento para atajar el galope de la pandemia en su estado.
Están locos de fanatismo, como los integrantes de ISIS en Oriente Medio.
No son estos 13 y nada más. A fines de abril, integrantes del grupo se apostaron con sus rifles en las escaleras del Capitolio en Lansing, capital de Michigan, para amedrentar a los legisladores. Luego entraron armados al recinto.
Su fanatismo está cobijado por el presidente, que lo seguirá siendo hasta el 20 de enero, repito el dato.
Se les puede frenar, a ellos y a los de todos los estados, pero ¿a qué costo?
Además, ¿quién va a dar la orden de desarmarlos y detenerlos?
“Trump mismo se va a frenar”, dicen, porque la derrota no sería tan ajustada como la de Gore en Florida (537 votos), que definió la elección en favor de Bush en 2000.
¿Y si no se frena?
Habría que leer su mente para saberlo.
Por tanto, sólo resta atenernos a lo que ha dicho: la votación por correo será un fraude y él no aceptará un resultado que provenga de conteos amañados. Punto. Eso es lo que hay.
Y hay, también, un presidente endeudado quién sabe con quiénes.
Con negocios en países no amigos de EU, que de pronto recibieron su buen trato.
Hay un presidente que no pagó impuestos en 11 años.
Que ocultó información acerca de la pandemia que ha matado más gente aquí que en ningún otro lugar del mundo.

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