Nadando entre tiburones

Por Víctor Beltri

¿Para qué tanto poder?

¿Hacia dónde nos dirigimos? La pregunta no es trivial ni, mucho menos, retórica. Nunca, en la historia del México reciente, había tenido tanto poder un gobernante como el que hoy acumula el presidente en funciones: nunca, tampoco, había sido tan ambiguo ningún gobernante sobre las razones para concentrarlo.

¿Para qué tanto poder? ¿Cómo piensa utilizarlo? El presidente López parece estar más metido en la construcción de su propio legado —y en la resolución de los problemas de Estado que él mismo ha provocado— que en el ejercicio del poder para realizar las funciones de gobierno para las que fue electo. La realidad es irrebatible y, a casi dos años del inicio de la administración actual, no sólo hemos perdido la confianza de los inversionistas nacionales y extranjeros, sino que, además, el entramado institucional se ha debilitado, la economía se desploma, las masacres continúan y los decesos por la pandemia se acumulan, en una sociedad cada vez más polarizada y sumida en la incertidumbre.

El Presidente no se ha dedicado a gobernar, sino a elaborar su propia leyenda, la figura mítica con la que pretende acceder a los libros de historia —y las monografías escolares— tal y como los próceres con los que se compara a la menor provocación. La realidad es irrebatible —decíamos— y, a pesar de que los resultados de su administración rebasan lo catastrófico, el mandatario goza de una popularidad inaudita —incluso— a niveles internacionales.

¿Qué hacer con tanto poder, y con tanta popularidad? ¿Qué hacer, con tanto? ¿Disfrutarlo por unos años, ejercerlo —en buena lid— y esperar que los proyectos estratégicos tengan el éxito anunciado? ¿Para qué? ¿Para entregarlo, después, a alguien más?

¿A quién entregar tanto poder? ¿A un delfín, de su círculo más íntimo, capaz de proseguir con su obra y —en su momento— designar a alguien capaz de continuar con el legado? ¿Y si no resulta? El plan es demasiado frágil, y las acciones del mandatario no parecen dirigirse en ese sentido: el Presidente no está formando una dinastía.

Como tampoco parecen encaminarse a entregar todo el poder a quienquiera que fuere el candidato del partido que lo llevó al poder: eso implicaría un proyecto institucional, para el que sería necesario fortalecer, desde ahora, las estructuras partidistas, así como establecer los candados para que la ideología del líder no se diluya en su ausencia. Muy al contrario: los jaloneos al interior del partido en el poder, y la indiferencia del mandatario sobre dichas pugnas, son un indicador más de que el partido —y su membresía— no fueron sino un vehículo para llegar al poder.

¿Cómo pasar a la historia, y ser un prócer? El Presidente sigue construyendo —discretamente— lo que pretende que sea su legado, y mueve sus fichas mientras enciende, mañana a mañana, los fuegos que distraen la atención pública sobre sus verdaderas intenciones. Sobre su verdadero legado.

Un legado en el que sus colaboradores no tienen cabida, más allá del apoyo —a ciegas— que pudieran brindarle. Perdidos en sus cortas miras, quienes le hacen el caldo gordo no ven más allá de sus ambiciones temporales, pensando que en algún momento llegará su turno —como era antes— y tendrán acceso al —tanto— poder que le regalaron, sin preguntarse para qué lo quería.

Un poder suficiente para dictar la agenda pública, en cada mañanera; un poder suficiente para aplastar a los opositores, con el respaldo de las consultas a mano alzada. Un poder suficiente para eliminar los contrapesos, un poder suficiente para equivocarse y después reírse de quienes señalan sus fallos. Un poder suficiente para inflamar a la gente en las calles, y llamar a la violencia en contra de ciertos grupos: un poder suficiente para, después de las elecciones intermedias —y la consulta de revocación de mandato— convocar un Congreso Constituyente a modo, donde podría caber cualquier disparate del calibre de los que ya vivimos. Y ahí sí, agárrense.

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