Bitácora del director

Por Pascal Beltrán del Río

La ahijada de Palacio

Los dos políticos que hasta ahora parecen tener mayores probabilidades de suceder a Andrés Manuel López Obrador en 2024 –el canciller Marcelo Ebrard y la mandataria capitalina Claudia Sheinbaum– se desempeñan en ámbitos de la administración pública de los que pocas veces ha surgido un Presidente de la República.

Hace unos días le contaba aquí que sólo ocho de los 65 individuos que han ocupado el Ejecutivo han tenido como antecedente la Cancillería. La última vez que sucedió eso fue en 1914 (“¿Por qué no llegan los cancilleres a Palacio”, 29/IX/2020).

Algo semejante ocurre con el gobierno capitalino. Éste no ha sido muy fecundo en producir presidentes. El propio López Obrador es uno de solamente ocho hombres que han tenido experiencia de gobierno en la Ciudad de México antes de alcanzar Palacio Nacional. El anterior había sido Álvaro Obregón. Los otros seis son Mariano Paredes y Arrillaga, Valentín Canalizo, Manuel María Lombardini, José Joaquín de Herrera, Martín Carrera y Porfirio Díaz.

El paso de regente o jefe de Gobierno capitalino a Presidente de la República parece lógico y sencillo. Todos los días, quien despacha en el Palacio del Ayuntamiento puede asomarse por la ventana de su oficina y admirar Palacio Nacional, pero los 200 metros que separan los dos inmuebles son una de las distancias más difíciles de franquear en política.

Muchos hombres de experiencia han caído en el engaño de creer que gobernar la Ciudad de México es un trampolín seguro hacia la Presidencia y se han quedado con las ganas.

Entre otros, Aarón Sáenz, Javier Rojo Gómez, Fernando Casas Alemán, Ernesto P. Uruchurtu, Alfonso Corona del Rosal, Carlos Hank González, Ramón Aguirre, Manuel Camacho, Cuauhtémoc Cárdenas y el propio Marcelo Ebrard han soñado con esa posibilidad, pero han sucumbido.

Después de que Álvaro Obregón se encargara del gobierno capitalino en 1914 y ganara la Presidencia en la elección de 1920, el único que ha podido completar el paso –12 años después‒ ha sido López Obrador. Aunque su nombre llegó a sonar en la lista de aspirantes presidenciales, el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, mejor se decidió por el Senado.

Llama la atención que en un país políticamente centralista, sólo ocho de las más de 150 personas que han mandado sobre la capital desde 1825 hayan llegado a la Presidencia.

Un escollo que enfrentan quienes miran con ilusión hacia el otro lado del Zócalo, sin duda, es el antichilanguismo que campea en muchas partes del país. López Obrador no tuvo ese problema, porque era una figura nacional cuando ocupó la Jefatura de Gobierno. Antes de 2000 había sido dos veces candidato a gobernador de Tabasco y presidente nacional del PRD.

Pero a diferencia de varios de sus antecesores –como el veracruzano Casas Alemán, el sonorense Uruchurtu, el hidalguense Corona del Rosal, el regiomontano Martínez Domínguez, el mexiquense Hank González, el guanajuatense Aguirre Velázquez, el michoacano Cárdenas Solórzano y el tabasqueño López Obrador–, Claudia Sheinbaum es más chilanga que los tacos al pastor y una figura casi desconocida fuera de la Ciudad de México. Cualquier intento de ella para hacerse de la candidatura de Morena y sus aliados en 2024 tendría que ser precedida por un esfuerzo por darse a conocer más allá de Cuatro Caminos y Tres Marías.

Pero el mayor obstáculo que tiene Sheinbaum en sus aspiraciones no es su oriundez ni el origen extranjero de su apellido –cosa que comparte con Ebrard– ni tampoco las historias de frustración de la mayoría de sus antecesores cuando han querido proseguir su carrera política.

El verdadero problema es el paternalismo que el Presidente tiene todo el tiempo con ella. Resguardada bajo la sombra de la frondosa ceiba que todo lo domina desde Palacio Nacional, la jefa de Gobierno no está expuesta a los quemantes rayos de la política, pero si quiere crecer y convertirse en una figura nacional, en algún momento tendrá que aventurarse fuera de esa zona de confort.

BUSCAPIÉS

*Cuando se anunciaba la muerte del nobel Mario Molina, el oficialismo deshonraba su memoria matando los fideicomisos que financian la investigación científica. Antes, había tirado a la basura sus recomendaciones sobre el desarrollo de energías limpias y el uso del cubrebocas para prevenir el covid-19. Con un tuit no se olvida todo eso.

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