Opinión

Por José Elías Romero Apis

El pentatlón de la política

El mundo de los deseos es casi universal. Todos los pueblos tienen ensueños. Mal hadados los que nunca sueñan, bien sea por opulencia y tienen todo o bien sea por insuficiencia y no esperan nada. De las ensoñaciones han dimanado todas las grandes políticas históricas. Del sueño latino surgió el Imperio Romano con su realidad de 1500 años. Del sueño francés surgieron los sistemas políticos de 4 de cada 5 naciones actuales del planeta

La política real no es plana, sino volúmica y se mueve en cinco mundos principales, por lo menos. El de los deseos, el de las ideas, el de las tribunas, el de los gobernantes y el de los estadistas. Bien, por el que se conduce en alguna o algunas de esas especialidades. Bienaventurado el político que sabe competir y triunfar en todas las pruebas de ese pentatlón.

El mundo de los deseos es casi universal. Todos los pueblos tienen ensueños. Mal hadados los que nunca sueñan, bien sea por opulencia y tienen todo o bien sea por insuficiencia y no esperan nada. De las ensoñaciones han dimanado todas las grandes políticas históricas. Del sueño latino surgió el Imperio Romano con su realidad de 1500 años. Del sueño francés surgieron los sistemas políticos de 4 de cada 5 naciones actuales del planeta.

Pero del puro ensueño nunca ha surgido nada real ni perdurable. Ni la Rebelión de la Fronda ni la República de Fredonia ni el Segundo Imperio ni el Tercer Reich ni la Cuarta República. Sus creadores se llaman idealistas y no son nada más.

El mundo de las ideas es más tangible que el anterior. Se establece en proclamas, en declaraciones, en teoremas, en axiomas y en hipótesis. Muchas veces sirven de basamento a los constructores de los estados. Son Sentimientos de la nación, El federalista, el Libro rojo, El príncipe o El espíritu de las leyes. Sus creadores se llaman ideólogos. Se les venera y hasta se les honra. Pero nada más.

El mundo de las palabras es el que mueve a los participantes del juego político. Se concretiza en discursos, en convocatorias, en arengas, en frases y en consignas. Son Tuve un sueño, Yo soy berlinés o el Discurso de las inconformidades. Sus creadores se llaman oradores y nos gustan porque nos mueven o nos conmueven, si es que son inteligentes. Cuando no lo son, nada más nos divierten o nos aburren.

El mundo de las acciones ya es el terreno de los hechos. Son las decisiones, los actos, las guerras, las concordias y los pactos. Son la política en el camino de sus verdaderos alcances. Sus creadores se llaman gobernantes y sus naciones les deben mucho, aunque casi nunca se los reconocen.

Por último, el mundo de los resultados. Ésa es la verdadera política. La realpolitik no consiste tan sólo en comandar los ejércitos sino, principalmente, en ganar las guerras. No en ser el jefe, sino en ser el vencedor. Sus creadores se llaman estadistas. Son los que saben distinguir que, para el político, no hay sustituto de la acción. Pero que, para el estadista, no hay sustituto de la victoria.

Decíamos que en buena hora sí pueden ser expertos en todas las especialidades. Son los libros de Madero, los discursos de Churchill, las guerras de Roosevelt, las rebeldías de Julio César. En el México del reciente medio siglo, es el desarrollo estabilizador de Antonio Ortiz Mena, la reforma política de Jesús Reyes Heroles o el pacto de crecimiento de Pedro Aspe.

Son los prodigios que se dan en los escogidos, para reunir sus deseos, sus ideas, sus palabras, sus acciones y sus resultados. Son aquellos que nos llevan a soñar con la política real, no con la política ficción. Facta, non verba. El discurso de César fue de tan sólo tres palabras y todavía tiene efectos diarios. Alea iacta est, seguido de la orden cinética de avanzar.

Pero, ¿a qué político actual queremos que admiren e imiten nuestros hijos y nuestros nietos? ¿A Donald Trump o a Boris Johnson? ¿Queremos que fueran como Jair Bolsonaro o como Nicolás Maduro? ¿Qué discurso actual queremos que memoricen en sus clases de oratoria? ¿Qué acciones de gobierno sugerimos inspiren sus tesis de gobernanza?

No vaya a ser que, un día en estos tiempos tan aciagos, el mundo se dé cuenta de que la epidemia no es lo más grave que nos ha sucedido. Que hoy no podemos presumir de ideas ni de discursos ni de acciones ni de resultados. Que nuestra peor enfermedad no es la viral, sino la degenerativa. Que no vivimos en contingencia, sino en decadencia.

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