Nadando entre tiburones

Por Víctor Beltri

Ignorancia a mano alzada

Polibio fue —decíamos, apenas, en octubre de 2018— un historiador griego que, para explicar la hegemonía del Imperio Romano, elaboró una clasificación de las formas de gobierno, advirtiendo sobre sus posibles degradaciones de acuerdo con las estructuras de poder.

Así, desarrolló la teoría de la anaciclosis, según la cual el ejercicio del poder —en cualquier sociedad— sigue un ciclo de seis fases, en el que, primero, la monarquía se convertiría en tiranía, seguida por una aristocracia que se tornaría en oligarquía, sucedida por una democracia que, a su vez, se convierte en oclocracia, para volver a comenzar.

La oclocracia es —según el mismo autor— el peor de los sistema políticos, en el que las decisiones no son tomadas por el pueblo ilustrado, sino por la muchedumbre manipulada desde las más altas esferas del poder. La oclocracia es la degeneración de la democracia, y el peor de los sistemas políticos: el último estado de la degradación del poder.

El oclócrata no busca el bien común, sino que trata de mantener el poder a través de la legitimidad obtenida por medio de la manipulación de los sectores más ignorantes de la sociedad. La oclocracia se nutre de los prejuicios, de las ilusiones, de los nacionalismos y reivindicaciones: el oclócrata manipula, el oclócrata miente, el oclócrata enfrenta. El oclócrata requiere, para conseguir sus objetivos, del control de los medios educativos y de comunicación: la oclocracia produce una falsa ilusión sobre que el régimen obedece a la voluntad popular, sin que los ciudadanos comprendan que dicha voluntad, si proviene de la desinformación, no existe. La democracia requiere del conocimiento: la oclocracia se nutre del rencor y la ignorancia.

El rencor y la ignorancia. La realidad es muy distinta, el día de hoy, a lo que era en el 2018; la realidad que vivimos es, sin embargo, la conclusión natural de los falsos silogismos planteados para ganar una elección, pero que no han sido suficientes para constituir programas de gobierno viables, a pesar de que fueran aprobados a mano alzada.

La refinería seguirá siendo inútil, a pesar de las consultas; el Tren Maya no atraerá el turismo, aunque se crucen las boletas. El aeropuerto continuará frente al cerro, aunque la gente levante la mano: el país seguirá con rumbo a la catástrofe, sin importar lo que digan las encuestas. La oclocracia es el último estado de la degradación del poder y, quienes lo detentan de tal manera, se regodean en sus mieles —como las piaras en la zahúrda— sin importarles nada más que el siguiente bocado. Un bocado que habrá de aprobarse, por supuesto, a mano alzada.

A mano alzada. La oclocracia es el gobierno de la muchedumbre —ávida, siempre, del siguiente mordisco— en beneficio del proyecto de una sola persona. Una persona que llegó al poder sin más proyecto de gobierno que sus propias convicciones, un manipulador sin escrúpulos, un prestidigitador que monta un acto insulso —pero aplaudido a rabiar— en cada mañanera.

Un acto que, en la temporada que apenas comienza, cuenta con un guión que ha sido brindado por quien renunció al papel de contrapeso, para asumir el muy lamentable de patiño. El fallo de la Suprema Corte, para resolver la pregunta sobre el juicio a los expresidentes, arroja más incógnitas que certidumbres, y apela —una vez más— al juicio de la muchedumbre, antes que al rol que, como órgano supremo y contrapeso natural, tendría que desempeñar en el juego democrático.

La supuesta jugada genial del presidente de la Corte abre las puertas al enfrentamiento entre los bandos en conflicto y —en consecuencia— a una pesadilla mediática cotidiana que habrá de degradar —aún más— la democracia nacional hasta someterla, finalmente, al arbitrio absoluto de la mano alzada. Al arbitrio del populacho, al arbitrio de la muchedumbre. Al arbitrio, hay que decirlo, de la oclocracia.

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