Opinión

Por Martín Moreno-Durán

“El Presidente ya no escucha…”

“AMLO ya no escucha a quienes le gritan que la economía está destrozada y que, en este renglón, el sexenio está perdido”

Lo dicen, de manera coincidente, algunos de los que han renunciado al Gabinete de López Obrador: “El Presidente ya no escucha…”.

Se quejan de la sordera presidencial. “A veces ni siquiera nos presta atención. Parece que está en otro mundo”.

Y los hechos, esa necia realidad que sin duda hoy ha rebasado y arrinconado a AMLO, le da la razón a aquellos que lo trataron personalmente en las últimas semanas y que prefirieron dejar el cada vez más disminuido Gabinete obradorista. Un equipo sujeto a voluntades y caprichos de un solo hombre: el Presidente de la República. Como autómatas. Sí, como floreros.

López Obrador es un Presidente que a las 8 de la noche, puntual, se encierra en su recámara versallesca de Palacio Nacional y se aísla del mundo. Parece empezar a sufrir el poder que por décadas ambicionó. Sólo escucha la voz que quiere escuchar: la de su esposa. Sin que nadie lo contradiga ni lo critique.

A menudo recorre cabizbajo, en silencio y con las manos entrelazadas a su espalda, los pasillos lujosos, dorados y de terciopelo del Palacio fastuoso, con lacayos a su servicio y comida abundante sobre la mesa. La voluntad del Rey es orden inapelable. Y decimos Rey, porque sólo los reyes viven en los palacios. Y únicamente los fuertes de mente, de intelecto sólido y de inteligencia lúcida, pueden vivir en un Palacio sin perder el piso o la razón, sin obnubilarse ante tanto lujo y genuflexiones. A final de cuentas, los reyes también son de carne y hueso.

AMLO es un Rey porque vive en un Palacio. Con sus lujos. Excesos. Con sus delirios.

Quienes conocemos Palacio Nacional por dentro, sabemos que hay enormes espejos enmarcados entre grecas doradas y terciopelos. Lo que ahora ignoramos, es si Andrés Manuel López Obrador se observa en ellos para hacer acto de conciencia y autorreflexión, o sólo se mira embelesado bajo una mirada narcisista y autocomplaciente.

Porque, a la luz de los hechos irrefutables, tienen razón quienes argumentan que “el Presidente ya no escucha”.

AMLO ya no escucha a quienes le gritan que la economía está destrozada y que, en este renglón, el sexenio está perdido.

No escucha a los empresarios, comerciantes y trabajadores que piden auxilio por la quiebra generalizada de empresas e industrias. “Si van a quebrar, que quiebren”, festinó el Rey desde su Palacio.

No escucha a quienes alertan sobre el pésimo manejo que el Gobierno ha hecho y sigue haciendo con la pandemia. (A la hora de entrega de esta columna, van alrededor de 76 mil 500 muertos oficiales y 733 mil contagiados).

No escucha a los que reclaman que las masacres continúan y que la violencia está fuera de control. Al contrario: se carcajea en su Palacio de las masacres. Allí están los ruegos dramáticos de los LeBarón, de Jaime Torres (esposo de Jessica Silva, asesinada en Chihuahua por la Guardia Nacional), de las madres de desaparecidos y de familias de víctimas de la violencia imparable. “No voy a hacer un show”, es el pretexto de AMLO. Lo dice un político que a la COVID-19 la combate con estampitas y amuletos.

No escucha a los padres de niños con cáncer sin medicamentos y que desde que llegó este Gobierno, cayeron en el desamparo.

No escucha a las mujeres que protestan furiosas y con justa razón por los diez feminicidios diarios que se cometen en México y que el lunes pasado  – para que no se molestara al Rey en su Palacio-, se les impidió con granaderos resucitados y represión inaudita la entrada al Zócalo, operación ordenada y justificada por Claudia Sheinbaum.

No escucha a quienes advierten que el país va por mal camino y que para preservar los proyectos estériles y onerosos (Santa Lucia, Dos Bocas, Tren Maya) y continuar financiando a Pemex (pérdidas por 600 mil millones de pesos sólo en este año), se está saqueando al país, despojando de recursos sanos al sector salud, a organismos descentralizados, programas y fideicomisos (el nuevo capricho presidencial es desaparecer 54 fideicomisos científicos y tecnológicos más para obtener 154 mil millones de pesos), causando un profundo deterioro en el avance del país. Daño patrimonial, se llama este delito.

No escucha a los críticos que en los medios han alertado, desde hace más de un año, que las cosas no van bien y que la situación económica, de seguridad, política y social (divisionismo alentado desde el Palacio del Rey), mes a mes va de mal en peor. “Pasquín inmundo…perros…prensa conservadora”, son los epítetos que salen de la lengua de ácido del Presidente.

No escucha a sus colaboradores. Los oye, pero no los escucha, que es diferente. Aún más: públicamente los regaña y los ridiculiza.

No escucha a los gobernadores que le reclaman su resentimiento y abandono. Allí está el caso Chihuahua, con un Presidente resentido con el Gobernador y ordenando que las fuerzas federales dejen de apoyar a ese gran estado. Y un tercio más de entidades, en franca y abierta rebeldía contra los designios y ofensas lanzadas por el Rey desde Palacio.

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