Opinión

Por Fernando de las Fuentes

Comenzar a vivir

Los guerreros victoriosos ganan primero y luego van a la guerra

Sun Tzu

Sin crecimiento espiritual, los seres humanos estamos constantemente en guerra, con la vida, con nosotros mismos y con nuestros seres queridos. La pareja es el campo de batalla por excelencia.

En cualquier tipo de relación en la que exista una clara confrontación o un afecto condicionado al cumplimiento de expectativas, la guerra nace de una lucha de egos, para ver quien tiene la razón, quién impone sus condiciones y sus puntos de vista, sus estilos de vida y su manera de pensar y sentir.

De ahí sentencias irónicas como la de: “cambio es lo que deben hacer los demás para que yo sea feliz”. Pocas veces dejamos a los otros vivir en sus términos. Incluso cuando no hacemos nada por cambiarlos, pensamos que están equivocados; en consecuencia, los juzgamos y descalificamos en un diálogo interno.

Esto es cotidiano y frecuente durante el día, en un ejercicio automático de pensamiento. Aunque no nos hayamos dado cuenta, es guerra, originada en un rechazo hacia nosotros mismos y trasladada al “campo de batalla” de la vida, en forma de insatisfacción con “lo que nos tocó vivir”.

Esta guerra interior nos impide ver todas las infinitas posibilidades que tenemos para ser felices y plenos. Ni las creamos ni aprovechamos las que nos ofrecen, porque estamos concentrados en lo que nos disgusta y lo que nos falta.

Este es el escenario en el que establecemos relaciones basadas en la manipulación emocional para conseguir lo que creemos necesitar, puesto que nuestra visión es de escasez: “nada llega sin que lo arrebate, como otros me lo arrebatan a mí”, una creencia muy común cuya existencia ignoramos la mayor parte de las veces, porque distorsiona la imagen de lo que queremos ser o parecer ante los demás. Recordemos que de los casi 60 mil pensamientos diarios que tenemos, 90% están ocultos a nuestra conciencia y, justo por eso, son los que nos controlan. Aun peor: la mayoría son limitantes o negativos.

Si no conocemos nuestros pensamientos, emociones y creencias, ni la forma en que manipulamos a otros para “arrebatar” lo que nos corresponde: dinero, afecto, reconocimiento, seguridad, etc., tampoco podremos verlo en los demás. Seremos fácilmente manipulables.

La manipulación es un juego de forzamientos que establecemos con otros desde el autoengaño, particularmente desde la negación: hago como que no me manipulas si permites que te manipule. Somos incapaces de pedir lo que queremos por miedo a ser rechazados. Nuestras relaciones bajo este esquema no son libres ni amorosas, sino codependientes y llenas de miedo.

Esta misma conducta la llevamos a cabo a niveles colectivos. Si logramos derrotar mentalmente a nuestro enemigo, sea persona o nación, habremos ganado previamente la batalla. Como estrategia, la guerra psicológica es muy antigua. De ella hizo todo un arte el General Sun Tzu, militar y filósofo chino, que legara a la bélica humanidad una de las obras más leídas de la historia: El Arte de la Guerra.

Indudablemente, las sociedades bélicas están compuestas por individuos bélicos, en cuyas relaciones interpersonales el sometimiento de algunos de sus miembros es un pilar fundamental de la cultura. Generalmente, la sumisión se exige a las mujeres y, obvio, a los menores.

Fue en la Primera Guerra Mundial cuando la guerra psicológica se convirtió en un “arma formal”. La propaganda era y sigue siendo su disparo letal.

Si lo que digo le parece un tanto abstracto, en el siguiente artículo abordaré ejemplos concretos de cómo nos hacemos esto unos a otros.

Si hacemos conciencia de que comúnmente establecemos relaciones desde la deshonestidad y, por tanto, la guerra mental, quizá decidamos cambiar nuestras vidas, comenzando por ser honestos con nosotros mismos.

Esto sería el primer paso para la paz interior, fundamento absoluto de la felicidad. Quien no deja de pelear con la vida no ha comenzado a vivir. Es, además, el requisito fundamental para la paz mundial.

delasfuentesopina@gmail.com

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