Opinión

José Elías Romero Apis

Los días eternos

El discurso El milagro de la vida no se refiere a los mexicanos que se murieron, sino a los que lograron salvarse. No a la muerte para ser llorada, sino a la vida, para ser cuidada. Que la muerte es la lógica de la naturaleza, pero que la vida es la circunstancia de un milagro

No todos los días duran lo mismo. El 2 de octubre mexicano comenzó hace 52 años y le faltan muchos para terminar. Hasta ese día, al gobierno se le consideraba pleno de bondad, de confiabilidad y de eficiencia.

Pero, ese día muchos mexicanos dejaron de creer que el nuestro era un gobierno bondadoso y empezaron a creer que era cruel. Que era capaz de matar, pero no por ideología, ni por autoridad, ni por ambición, sino de matar por enojo. Porque hubo voces que lo criticaron. Porque hubo ideas que se le opusieron. Porque hubo plumas que se le enfrentaron. Porque hubo mítines que le exigieron.

El Presidente perdió su imagen de tolerante y ya sólo le quedaba la de confiable y eficiente.

Las consecuencias del 68 fueron muchas y diversas. Algunas tan positivas como una mayor apertura política, una mayor tolerancia hacia la oposición y la disidencia, un realineamiento más crítico de los medios de comunicación, una mayor libertad para el pensamiento y la expresión, una mayor valoración de la participación de la juventud, un mayor espacio para el pluralismo ideológico y una vía más amplia para el tránsito hacia la democracia.

Así, hasta que un día de septiembre se nacionalizó la banca, en una furiosa decisión, hasta hoy incomprensible. Sobre todo, porque no la decidió un presidente de alto perfil revolucionario sino el, hasta ese entonces, más conservador de los presidentes mexicanos. El exsecretario de Hacienda. El amigo de los banqueros.

Desde entonces, algunos dijeron que los presidentes mexicanos ya no eran confiables. Sólo quedaba que eran eficientes.

Pero esa creencia también se derrumbó un amanecer de septiembre de 1985, cuando los mexicanos se dieron cuenta de que el Presidente no podía prever ni ayudar ni rescatar ni aliviar ni reconstruir ni financiar ni reglamentar ni nada.

Que, ante la tragedia, no pudo ni siquiera consolar, tan así que el mejor discurso sobre nuestro terremoto 85 no lo pronunció un mexicano, sino un extranjero y en el extranjero. Hoy, se le considera como el mejor discurso de Ronald Reagan y, para algunos, el mejor que se ha escuchado en la ONU.

La historia lo conoce con el título de El milagro de la vida y no se refiere a los mexicanos que se murieron, sino a los que lograron salvarse. No a la muerte para ser llorada, sino a la vida, para ser cuidada. Que la muerte es la lógica de la naturaleza, pero que la vida es la circunstancia de un milagro.

Las consecuencias del 85 también tuvieron algo bueno. Allí surgió la llamada sociedad civil, que tan sólo la conocíamos en los textos de teoría política, pero que ese día la vimos salir a la calle. Con ello, aprendimos que nosotros somos mejores que nuestros gobiernos y que no los necesitamos para todo.

Así pues, esos días nos han convencido de nuestra orfandad social. Que la mexicana es una sociedad huérfana que no tiene quien la defienda, quien la procure, quien la cuide, quien la apoye y, ni siquiera, quien la consuele.

No se decepcionó de los partidos políticos porque siempre supo que los partidos no han servido para nada bueno ni para nada malo. Que, a ellos, los mexicanos no les debemos nada ni les pedimos nada. Que nuestras cuentas son con los presidentes y con sus gobiernos. Pero ellos ya no están en la siguiente boleta y nosotros nos conformamos con cobrársela a su partido, para repetir nuestra orfandad.

En realidad, nunca logramos tener un padre que nos cuide y, ni siquiera, un padrino que nos defienda, sino que tan sólo cambiamos del padrastro que nos maltrata o del padrote que nos explota.

Las consecuencias de la alternancia gubernamental creo que también pueden ser positivas, porque todos se han encargado de convencernos de que ninguno es mejor ni peor que los otros. Que, desde hace seis sexenios, ninguno ha podido ganar contra la delincuencia, contra la pobreza, contra la corrupción, contra la desigualdad y contra la ingobernabilidad.

Por todo eso, me queda en claro que el 2 de octubre aún no termina. Lo que no me queda en claro, es si apenas comienza.

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