Política de principios

Por Juan José Rodríguez Prats

Discurso político

La tentación de caer en la promesa fácil, en el autoelogio, en la ausencia de capacidad autocrítica, es permanente. Nuestra obsesión por el misterio, por la demagogia, por manipular, está siempre latente

Sin discurso no hay política y sin política no hay democracia. Trasmitir confianza y certidumbre es prioridad nacional. Serenar los ánimos, apaciguar las pasiones, arraigar la solidaridad, coincidir en propósitos, despertar la concordia, fortalecer los vínculos de responsabilidad compartida, mover voluntades. Ahí está la tarea y hacerla con el instrumento de trabajo del hombre público: la palabra. En ella está su honor, su credibilidad, su mensaje. A los gobernantes se les denomina también dignatarios, lo cual indica que asumen el cargo con conocimiento de los compromisos.

No hay muchos secretos en la elocuencia. Exige respeto a la verdad, congruencia, autenticidad, sencillez y algo que, por desgracia, hemos olvidado: se habla a personas racionales, que piensan, que tienen memoria y que merecen nuestro respeto. La tentación de caer en la promesa fácil, en el autoelogio, en la ausencia de capacidad autocrítica, es permanente. Nuestra obsesión por el misterio, por la demagogia, por manipular, está siempre latente.

Carlos Castillo Peraza escribía: “La violencia es el fracaso de la política y la política sólo fracasa si fracasa la palabra”. Debemos cuidar la palabra, conscientes de sus efectos, precavidos de sus consecuencias, dosificando su uso. Lo dice en precioso verso Carlos Pellicer: “Como el maíz y como el árbol / se siembra y sonríe y sombrea / también la palabra”.

El presidente López Obrador ha creado graves crisis con sus palabras. Su patético discurso en la ONU ha provocado pena y malestar. Ninguna ocasión menos propicia para la improvisación. Contrastó con el de otros mandatarios. Angela Merkel destacó una idea central: “Cualquiera que piense que puede arreglárselas mejor por su cuenta, está equivocado. Nuestro bienestar es compartido y nuestro sufrimiento también. Somos un mundo”. El Papa hizo un llamado a combatir la desigualdad, habló de la cultura del descarte, contraria al multiculturalismo que debemos impulsar. António Guterres, secretario general de la ONU, hizo un repaso puntual de la problemática mundial. En todos ellos hubo preparación, reflexión, dedicación.

Sinceramente, me desconcierta cada vez más mi paisano. En alguno de sus libros señalaba que, a Tomás Garrido Canabal y a Carlos A. Madrazo, las dos figuras relevantes a nivel nacional que ha dado nuestro estado, los mareó la altiplanicie. Algo de eso es cierto. Ambos padecían cierto vértigo y de la confrontación cuajaron su caída.

López Obrador lleva el mismo rumbo. Es difícil focalizar sus aciertos. Se regodea en sus atropellos, subestima a sus conciudadanos, asusta a la opinión pública. En mi larga trayectoria política no encuentro parangón de alguien que haya abierto tantos frentes de conflicto. Disfruta avasallando a sus colaboradores. Derrocha su tiempo en eventos intrascendentes. Viola ostentosamente la ley.

Los tiempos venideros son, por decirlo eufemísticamente, difíciles. Destaco dos asuntos cruciales, sin soslayar la terrorífica temática que exhaustivamente ha sido abordada, la discusión del presupuesto y el proceso electoral. En el primer caso, aferrarse a los inviables megaproyectos frente a necesidades más urgentes es una descomunal necedad. En cuanto al proceso electoral, el Presidente enfrenta un grave dilema. En 2018 designó como candidatos a quienes más votos podían sumarle. Ahora ha dicho que no intervendrá en su partido, a pesar de que muchos se lo requieren. Si no lo hace, el desgarramiento de Morena es inminente y las posibilidades de triunfo, obviamente, disminuyen.

Su incongruencia es monumental, un día habla de que nos va a arrollar como oposición para después decir que si hay repudio del pueblo se retiraría de la política.

Con tantas tareas y asuntos pendientes, debe, desde mi humilde parecer, cuidar sus palabras, meditar lo que dice, respetar la investidura. Es un elemental deber.

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