Columna 53

Por Armando J. Guerra

La abuelita de México y yo

Ahora que murió Max von Sydow (el 8 de marzo de 2020), uno de los diez mejores actores de la historia del cine, según la crítica cinematográfica mundial, me di cuenta (o quizá me volví a dar cuenta) que desde que empecé a seguir la carrera de este actor a través de sus numerosas películas (más de 116 créditos, entre filmes y series de televisión), la mayor parte de los roles que interpretó fueron de hombres mayor. Por ejemplo, cuando encarnó al Padre Merrin en “El Exorcista”, su personaje era un sacerdote anciano. Y si el actor murió en marzo pasado, a los 90 años (murió un mes antes de cumplir los 91, pues nació en abril de 1929) y “El Exorcista” fue filmada entre agosto de 1972 y julio de 1973 (hace 47 años que se estrenó), Von Sydow tenía apenas 43 años cuando comenzó el rodaje, y el Padre Merrin era un hombre de casi ochenta años, o así se veía. (Por cierto, el 8 de marzo publiqué un comentario en Facebook sobre Max von Sydow y apunté unas fechas erróneas. Fue mi amigo Óscar Sala quien me hizo las correcciones pertinentes.)

El caso de Max von Sydow me recordó que, cuando yo trabajaba en el Fondo de Cultura Económica, a principios de los años setenta (más o menos cuando se filmaba “El Exorcista”), en la librería del FCE se hacían, con mucha frecuencia, presentaciones de los recientes libros editados por el propio Fondo. El salón de los eventos tenía la entrada por la avenida Universidad, pues la editorial se ubicaba en Universidad y Parroquia. Ahí estaba la librería y en la esquina estaba la entrada a las oficinas.

Había un aparador donde se exhibían las últimas novedades de la editorial, y ahí esperábamos a diario, unos compañeros y yo, a Luis Buñuel, quien vivía muy cerca y al pasar se detenía a ver qué libros había. Al principio hice el intento, varias veces, de saludarlo, pero no le gustaba hablar, así que apagaba su aparato del oído y, a señas, me decía que no oía. Finalmente, sólo salía a saludarlo de vez en cuando.

Las presentaciones, decía, se hacían en la librería; era un gran salón, y ahí, todos de pie, oíamos una breve exposición acerca del libro por parte de su destacado autor. Todos de pie, excepto una invitada que nunca faltaba, y a la que le poníamos una silla. Era la única que podía estar sentada. Iba con una amiga que la acompañaba para ayudarla, pero no pedía silla para ella. Al llegar y sentarse, el director del Fondo, o yo cuando me tocaba recibirla, le preguntábamos cómo estaba de salud. Su contestación era que ahí iba saliendo, que la pierna derecha ya casi no le funcionaba, que sus ojos estaban cada vez peor, que los brazos le dolían mucho, que tenía problemas con los riñones, que la vesícula le estaba dando lata, que casi ya no oía del oído derecho, que batallaba para tragar por problemas con el esófago, que no se le quitaban los dolores de cabeza, pero que fuera de eso, todo estaba muy bien.

Le platiqué esta anécdota a mi tocayo, Armando Fuentes Aguirre, “Catón”, y se moría de la risa, y hace poco la publicó dándome el crédito.

Como Max Von Sydow, también nuestra abuelita, siempre, desde joven, hizo papeles de anciana. Cuentan que hasta se sacó los dientes para poder verse como una persona mayor. Ningún espectador de cine mexicano, creo, conoció a Sara García como una mujer joven.

En el FCE la invitábamos a los eventos de la editorial porque ella se lo había solicitado al director, pues vivía muy cerca, como Buñuel.

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