Bitácora del director

Por Pascal Beltrán del Río

Ganaron unas elecciones, nadie les escrituró el país

En toda familia extendida hay un personaje así: bufón, rudimentario, echa pleitos. Su utilidad consiste en tirarle bronca al vecino o que el padre de familia pueda parecer civilizado con solo pararse junto a él.
Por lo visto, alguien decidió que Paco Ignacio Taibo II juegue ese papel en la Cuarta Transformación. Qué pena por el Fondo de Cultura Económica (FCE), la institución que dirige, pues ésta se fundó sobre la ancha avenida del pensamiento plural y no sobre el callejón sin salida del dogmatismo.
Primero fue su balandronada de que quienes habían aprobado la Reforma Energética tendrían la suerte de los invasores europeos del siglo XIX, es decir, ser fusilados en el Cerro de las Campanas. Luego, su incitación —durante la campaña electoral de 2018— para que Andrés Manuel López Obrador gobernara por decreto, en caso de carecer de mayoría en el Congreso, y expropiara las empresas de los hombres de negocios que no se le plegaran.
Después, la expresión vulgar que empleó contra sus críticos para ufanarse de que los legisladores del oficialismo habían llegado al punto de modificar la ley para cumplir la orden de hacerlo director del FCE. Y, apenas la semana pasada, su sugerencia a los escritores Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze para que “se queden en su esquina —calladitos, se entiende— o se vayan cambiando de país”.
Esta última declaración me recordó otra, que se escuchó hace 35 años, pero que la pobre memoria de quienes hoy gobiernan probablemente no retiene. Me refiero a la del entonces regente Ramón Aguirre Velázquez, quien, en un desayuno con abogados, el 6 de septiembre de 1985, cumplió el ritual de lisonjear al presidente Miguel de la Madrid, quien acababa de rendir su tercer informe.
“Basta ya de lamentaciones”, afirmó el jefe del Departamento del Distrito Federal, en referencia a las críticas de la oposición política al mandatario, principalmente por la política económica del gobierno. “De ninguna manera los problemas oscurecen el futuro. Que se vayan del país y dejen que de él disfrutemos los auténticos mexicanos”.
El mensaje de Aguirre recibió una respuesta puntual del cuatro veces diputado federal panista Juan José Hinojosa, quien dijo que ese tipo de expresiones eran poco originales, pues “hay precedentes en la geografía convulsa de este mundo tan denso de dogmas y de dictadores”.
En un artículo publicado en la revista Proceso (Aquí me quedo, 16 de septiembre de 1985), Hinojosa escribió: “Yo digo que no me voy, que rechazo la invitación a abandonar el país (…) porque México, su historia, su destino, su angustia, su esperanza, su dolor, su alegría, no han sido escrituradas en favor de un grupo o de un partido; porque la tarea apasionada del rescate, de la reedificación, corresponde a todos por igual, más allá de las etiquetas frívolas o mezquinas de los dogmas que cancelan libertades o de vanidades que cancelan la acción concertada.
“Aquí me quedo (…) para identificar los valores del espíritu que unen sobre los dogmas insolentes que dividen, para que prevalezca el destino sobre la anécdota; para aprender en avidez, para enseñar en humildad, que el consenso es desafío, búsqueda inteligente en concordia y de reconciliación, honrada aceptación de la verdad ajena, y nunca invitación sombría al exilio para silenciar las voces o cancelar las libertades”.
No pasaría mucho tiempo para que la soberbia lambiscona de Aguirre —el funcionario bufón, rudimentario y echa pleitos de aquel sexenio— recibiera un duro golpe de realidad: los sismos del 19 y 20 de septiembre de 1985 evidenciaron las limitaciones de la retórica bravucona de quien administraba la vida colectiva de los capitalinos.

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